Baron Wolman Rocks. Conferencia “Gibson A Través de la Lente”

// Por: Karina

Mar 16 octubre, 2012

Mecerse, ese también es el significado de la palabra “rock” en inglés y Baron Wolman lo sabe. A sus 74 años ya no rockea como antes, aunque lo sigue haciendo. Ahora de las dos formas, escuchando música y en una silla, bromea ahí, en un Lunario del Auditorio Nacional semivacío, gracias a una charla que ofreció el fotógrafo presentada por su colega mexicano Fernando Aceves, a quien catalogó como “el mejor de México” en su ramo.

Sin embargo, Aceves no recuerda lo que Wolman mencionó sobre ambos: la forma en que se conocieron. Fue gracias a correos electrónicos que Aceves le mandó para intercambiar material, pese a la desconfianza de compartir su trabajo con un desconocido.

“De las veces que ha estado en México, siempre he prometido aprender un poco de español para el año siguiente. En fin, ya será para el año siguiente.”

No es necesario, al fin hay audífonos para escuchar a la traductora que no descansa un segundo, además, el hombre de traje oscuro, camisa rosa y zapatos color café habla con claridad, despacio, para que se entienda cada palabra de su lluvia de recuerdos. La primera vez que vino fue en 2004, muy emocionante para él por los paparazzi y las groupies, menciona. Ahí están la foto: él firmando el cuerpo de aquella joven.

Y de pronto los orígenes: Berlín 1961, el levantamiento del muro. Publicaron esas fotos en Ohio. Le pagaron 50 dólares por ellas. Era su hobbie y ese día decidió convertirlo en su trabajo. Seis años después, en San Francisco, a los hippies los retrataban como rarezas, en los años de los conciertos gratuitos en Golden Gate Park y de pedir canciones de 15 minutos en la radio, cuando Jann Wenner lo invitó a colaborar en su nuevo proyecto: la revista Rolling Stone.

“Necesitamos un fotógrafo, ¿quieres serlo?”, le dijo. “¿Tienes 10 mil dólares para invertir?”… “No.”

Y lo hizo gratis. La idea de la revista era mostrar las historias de los músicos, hablar de quiénes y de dónde eran, sus producciones, los conciertos. Solía usar para ello una Nikon F “completamente automática” aunque nada de automática tenía, bromea Wolman, al tiempo que muestra el primer número —amarillento— de la publicación, después de explicar cómo se imprimía. Su primera participación en forma fue en octubre del ’67, con The Grateful Dead. ¿Qué es eso de Rolling Stone? le decían, pues ésta no era popular por esos años.

Las cosas han cambiado. Ahora está ahí de pie, cambiando con un control remoto las páginas de su presentación. Ahí vemos aquella de Pete Townshend  (The Who), quien acostumbraba romper guitarras al final de los conciertos, y a quien Wolman imitó  años después destruyendo una cámara al recibir el premio (“Óscar”, le dice) de Classic Rock. Entonces, en aquellos tiempos se cortaban las fotos con un una navaja por el contorno para ilustrar las portadas.

Un trabajo del que empezó a percibir un salario hasta dos años después, pero que en experiencia fue inigualable. Eso vale mucho más, responde a mi pregunta. Y al fin y al cabo, de quienes siempre recibió dinero fue de las compañías discográficas, concluye, pero de la experiencia no se arrepiente. “Me sentía como miembro de las bandas, pero yo tocando con la cámara”, dice Wolman sin buscar protagonismo, y de paso hace el anuncio de su libro “Every Picture Tells a Story. Baron Wolman, The Rolling Stone Years”.

Otros tiempos. Aquellos en los que logró capturar a Frank Zappa sentado, posando, en el tractor que estaba en el patio trasero de su casa. “La mejor foto que le habían tomado nunca”, según el rumor que contó y que quiere pensar que fue cierto; tiempos en los que el rock estaba por explotar y en los que sus estrellas podían todavía salir a la calle. Fotos con las GTOs (Girls Together Outbreakers), la portada de RS con la foto de su exmujer; con Creedence; en el Woodstock junto a 300 mil personas; con Santana, promovido por Bill Graham, el más importante promotor del momento.

“Santana decía que la guitarra era una víbora metálica, que sentía los miles de ojos observándolo, los miles de labios hablando sobre él. No entiendo cómo pudo tocar estando tan drogado, pero Woodstock significó para él la fama. Otros tiempos —nos narra y mantiene enganchados a cada una de sus palabra— donde todos estaban siempre ‘high’, no meciéndose, sino rockeando (…) El negocio de la música se hizo mucho más grande que la música misma.”

Sí. No entiende cómo en el ambiente actual, repleto de gente, sin intimidad, donde no se puede ver al artista, la gente disfruta de los conciertos. Las cosas cambiaron con MTV, el trabajo de los fotógrafos es muy difícil, son los grandes perdedores, las condiciones para tomar las fotos no son las más óptimas; en solo dos canciones que, en esencia, solo permite que todos tomen la misma foto, no se puede hacer gran cosa, reflexiona. Ni qué decir de la tecnología actual, donde ya todos tienen una cámara disponible. “No puedo competir contra todo el mundo”, bromea, pero sus palabras no pierden firmeza.

Ya no es el tiempo en que podía estar sin límites junto a Led Zeppelin (de quienes mostró fotos de su último concierto en Estados Unidos), The Rolling Stones (una foto de Mick es de sus favoritas), Jim Morrison, Johnny Cash, Janis Joplin y el playback que se convirtió en concierto privado y gratuito. La primera vez de Pink Floyd en EU; a Syd Barret y los cubos de azúcar, Eric Clapton, Bob Dylan y George Harrison leyendo su poesía. Al músico de blues ciego de cien años, Nathan Beauregard. Fotos que primero fueron en blanco y negro y después a color. Imágenes que se desvanecen en los últimos años, más recientes, cuando Audioslave lo invita a hacer lo que hacía antes.

Y no puede.

Fracasa.

Siempre lo supo: en los sesenta las cosas eran distintas.

Y eso es todo.