Crónica del Festival Internacional de Cine de Guadalajara Pt. 2

// Por: Staff

Mar 7 Junio, 2011

 

26-III-2011. Guadalajara, México. En el hotel. Hablando con Tommy de mi nuevo disco “Nueva Ola”. Ya tengo ganas de grabar otro. Mucha ansiedad. Me gustaría grabar un disco en dub , una obra conceptual. Pregunto porqué tenemos que esperar hasta el lunes para tocar siendo sábado. Tenemos ganas de tocar en algún lugar de sorpresa. Al rato Enrique consigue un bar para tocar. Lo mejor de esta mini banda de tanta sangre es que prescindimos de altos requerimientos de producción para tocar, con lo mínimo indispensable ya salimos, padre e hijo, guitarra eléctrica, voz, batería, amor, canciones. El arte es amor dice un amigo.

09:30 p.m. En el bar esperando para tocar. Astor boy tiene algo de sueño. La diferencia horaria entre Buenos Aires y Guadalajara le esta pesando.

10:30 p.m. Subimos al escenario. Arrancamos con “El regalo”. Me gusta tocar esta canción por primera vez. Me agrada estrenar canciones nuevas, es una sensación similar a cuando te comprás un instrumento y lo sacás del estuche por primera vez, único. Lo mismo dice mi otro hijo Jay que le pasa con una tabla de skate recién armada.

28-III-2011. Guadalajara, México. 08:30 a.m.. En el hotel. Desayunando, Astor, Tommy y yo. A tres mesas de distancia, Herzog sentado junto a quién parece ser su asistente. Impactante. Llevo conmigo unos ejemplares de mi novela “The Dead Latinos” que pensaba regalar por ahí. Se me cruza por la cabeza por un instante, acercarme gentilmente a la mesa del director de cine y obsequiarle mi novela, pero desde ya que no lo hago. Herzog y su colaborador terminan de desayunar, una chica hermosa, muy alta se acerca a su mesa, se marchan. Observo un cartel blanco y negro enorme con la figura de Klaus Kinsky en su papel de “Nosferatu” que decora el restaurante del hotel.

09:30 a.m. Yendo hacia la exposición en donde se encuentra el foro de proyección “Son de Cine”. Tengo pautado dar un taller, charla, con unos niños de diferentes fundaciones sociales. Me preguntaron con anterioridad si me interesaba y quería hacerlo, sin obligaciones, dije que si. Llegamos al lugar. Adriana, trabajadora social nos recibe. Me cuenta que se encuentran en la sala chicos que pertenecen a una asociación de niños violentados, carenciados, otros de una fundación de niños down. Comienzo la charla, me presento, les cuento quién soy, que hago, charlamos, les pregunto nombres, edades. Veo sus caritas. Tenemos un escenario lleno de pinturitas, acuarelas y hojas aguardándonos. Los invito a subir al escenario. Les pido que dibujen una banda de rock, sino lo que tengan ganas, si es que tienen ganas de dibujar, todos se prenden entusiasmados. También les pido que me dediquen los dibujos. Establezco una conexión con tres niñitas con síndrome down. Algo muy especial me pasa con ellas. No lo puedo expresar fácilmente. Serán recuerdos muy guardados de mi infancia, mi hermana con una enfermedad neurológica importante, falleció a los seis cuando yo tenía ocho, o tal vez, será lo que será. Pero algo me liga a ellas distinto a lo que me pasa con los demás y eso que también me siento conectado, pero de otro modo. Son extraordinariamente sensibles, cariñosas, y creativas. Están en otra frecuencia. Empiezan a llegarme los primeros dibujos, después son un montón. Utilizan distintas técnicas, algunos en lápiz negro, otros muchos colores, recibo corazones con coronas, bandas de rock coloridas con guitarras psicodélicas, flores y mariposas. Me dedican los dibujos tal como les pedí. Pido aplausos para cada dibujo a la platea concurrida por docentes, monjas, curiosos, y otras personas del festival.

Al costado del escenario hay un piano de cola en cubierto con una funda. Me acerco al instrumento, pruebo si está abierto. Si, efectivamente lo está. Desenfundo, abro el piano, asoma el teclado, parecen brillantes dientes sonrientes, me pongo a tocar. Invito a todos los niños que me rodean enseguida, pueden tocar conmigo, los invito. Se sienta al lado mío una de las niñas down. Tocamos a cuatro manos con ella, es hermosa, sabe lo que toca, estoy tocando en Do y me sigue, después cambio a Re y cambia conmigo, observa mis manos pulsar el teclado, le pregunto si sabe que nota es, me dice que si, que es un “RE”, hermosa damita. Ahora son muchas mas manitos las que se posan en el teclado, otros cantan. Estoy muy emocionado. Trato de no quebrarme. Están contentos, rostros pequeños hermosos, alegres que guardan tanta desolación, quién sabe hasta donde, cuánto y hasta cuando. Miro la Hermana a cargo de los niños, los docentes, asistentes , suerte que existe gente como ellos en este mundo que puede resultar macabro para muchos. Estas personas iluminan como pueden ante tanta obscuridad. Son manos de amor. El arte es amor. Jugamos, pintamos, tocamos el piano, hablamos de rock. Se van todos. Mi corazón está lleno de sensaciones. Me pregunto con culpas porqué no hago esto mas seguido. En la camioneta de regreso al hotel lloro escondido tras mis gafas negras mirando hacia fuera a través de la ventana. No quiero que se de cuenta Astor y menos la gente de producción que nos llevan y nos traen. Una sensación extraña en mi interior me invade, es de gozo a la vez que de desolación.

No te pierdas la conclusión de esta crónica.