Del dandismo a la modernidad #WARPGentleman

// Por: Staff

Lun 26 septiembre, 2016

//Por: Aura García de la Cruz

En el primer plano está un dandi (un dandi mexicano, aunque formado en Europa), una figura estilizada, sutilmente inclinada hacia atrás, de silueta delgada, refinadísimo, de espalda ancha y de un negro imponente, debido al elegante traje que lo cubre por completo, como un forro protector de esa realidad a la que se impone y que lo relega a un segundo plano.

En México también se vivió el dandismo. Diego Rivera supo capturar en su obra Retrato de Adolfo Best Maugard, de 1913, la esencia de este movimiento en la figura de un personaje que incidió en la vida nacional durante la modernidad posrevolucionaria desde el arte y la educación. En ese momento, México estaba a la altura de cualquier país europeo en el ámbito artístico, y las consonancias entre los dos continentes hacían vibrar las cuerdas de la cultura nacional.

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El dandismo es un movimiento que surgió en Inglaterra, en el siglo XIX. Todo empezó a principio de siglo, cuando Inglaterra vivía la Revolución Industrial, con transformaciones sociales drásticas entre máquinas, fábricas, nuevos inventos y una nueva clase social: el proletariado. En ese entonces, los campesinos se veían obligados a sobrevivir en las nuevas ciudades industriales, a soportar una vida de explotación en fábricas de algodón que los ahogaban en calor y pésimas condiciones higiénicas, con más de diez horas laborales continuas.

En ese siglo, la burguesía se consolida, una clase revolucionaria por naturaleza y explotadora por convicción, dueños de fábricas que se enriquecen y que, con el pasar de las décadas, aumentan su complejidad y dominio; ahí, en ese hervidero social surge el dandi, un hombre culto —sólo los que tenían posibilidades económicas podían serlo—, consciente de sí mismo y del nuevo personaje que le tocó interpretar, en un mundo que cambia y, para él, se vuelve más sofisticado.

Los burgueses han marcado la historia como ese grupo que impulsó las revoluciones liberales, se enfrentó a la vieja aristocracia y reclamó un lugar en la historia por méritos propios, rechazando las explicaciones dogmáticas de un mundo católico. Los dandis, por otro lado, son esos hombres que han rebasado los límites de los burgueses comunes, aspirando a un prestigio que durante la segunda mitad del siglo XIX todavía ostentaban los nobles. Eso es lo único que les falta, ya han logrado presencia en el gobierno, en la política inglesa, y ahora buscan provocar la fascinación que ocasionan los reyes, los príncipes y lo duques. Algunos, en pos de ese encanto, se unirán en matrimonio con esa vieja nobleza de rituales extravagantes y castillos laberínticos.

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La figura del gentleman, arrobadora y desafiante, se propagó por Europa y el mundo al final del siglo XIX, durante las décadas del imperialismo, cuando Gran Bretaña y Francia dominaban todo el territorio que podían. Es “la carga del hombre blanco”, del hombre “civilizado”, decían las metrópolis para justificar su intromisión en la economía y la cultura en otros países. Europa se siente la cumbre del progreso y el europeo el punto álgido de un nuevo ser humano que se beneficia de la tecnología y la cultura occidental.

Los dandis que no han pasado a la historia son producto de lo anterior, los que destacaron y son recordados como estrellas por iluminar su época de forma especial, serán los escritores que elevaron el dandismo al nivel de manifestación estética y transformaron sus vidas en arte, algunos en ejemplo de elegancia; ellos se elaboraron a sí mismos como si de artificios delicados se tratara, la moda y sus relaciones con el cuerpo son sus nuevas preocupaciones, su participación en el mundo: una obsesión. Charles Baudelaire y Lord Bayron, románticos; Charles Dickens y Honoré de Balzac, exponentes del realismo; Oscar Wilde, un caso aparte que en literatura no se apega a ninguna corriente.

Mención especial merece, George Bryan Brummell, “el bello Brummell”, el londinense de origen burgués que cercano a la monarquía de su época se centró en avivar el fuego de la moda entre los dandis.

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Todos, los dandis anónimos y los reconocidos, trataron el tema de la distinción en una sociedad que se volvía mundana, obrera, necesitada de nuevos placeres y frivolidades, de nuevas diversiones. Como Best Maugard en la obra de Diego Rivera, el dandy europeo se impuso como representante del espíritu moderno en el lienzo del muralista, la Rueda de la Fortuna simbolizó lo moderno, el recién creado parque de diversiones que recibiría a las nuevas clases medias que surgían de esas ciudades urbanas con nuevos textiles, nueva moda, nuevos químicos, pinturas sintéticas, plásticos, automóviles, chimeneas humeantes y explosión demográfica.

La actitud de Best Maugard es de llamar la atención, parece un hombre seguro, casi embelesado consigo mismo, consciente de su porte y de la impresión que ocasiona, tiene una mirada aguda, perspicaz, que revela una inteligencia incisiva que quiere imponer nuevos paradigmas, es decir, participar de forma decisiva en el mundo.