El verdadero poder

// Por: Linda Cruz

Lun 17 noviembre, 2014

Foto: Samantha López para WARP / Glastonbury 2013

A lo largo de más de una década, he tenido la oportunidad de conocer a artistas y creadores que se dedican a la música. Y no importa si son jóvenes, no tan jóvenes o mayores; o si se dedican al jazz, al pop, al rock o al regional mexicano. Todos coinciden en que dedicarse a lo que más aman tiene un reflejo inmediato de auto satisfacción, pero también un inexplicable efecto en la gente que absorbe esa música, que en ciertas ocasiones, les cambia la vida para siempre.

Desde los orígenes de la civilización, el hombre primitivo comenzó a utilizar la danza y las ceremonias religiosas basadas en las técnicas de los sonidos con los que se comenzaron a acompañar los ritos. Cada cultura tuvo concepciones diferentes en la apreciación y valor de la música. Unos le daban valor totalmente humano mientras que otros querían comunicarse con los espíritus.

En la civilización griega, la música se transforma en la ciencia de los sonidos, se la relaciona con las matemáticas. La música es melodía, es ritmo, es sonoridad. Las ondas vibratorias del sonido viajan por el aire, son captadas por nuestros oídos y generan en el cerebro, pulsaciones que son mucho más efectos cardíacos que neurológicos. Ciertas tonalidades también hacen su parte, por ejemplo los tambores de sonido grave y profundo, se usan para estimular el chakra sexual, como en la música afroantillana y notas más agudas nos llevan hacia memorias corporales más sublimes, espirituales y estilizadas.

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Hay demasiadas teorías acerca del poder de la música. Saúl Hernández, líder y vocalista de una de las bandas más importantes de México y Latinoamérica, Caifanes, recién me habló de la música como un “elixir de la juventud”, pero sobretodo como un vehículo de transformación, de cambio evolutivo y de sanación.

La música en vivo tiene un poder tan fuerte, que Mick Jagger y todos los Stones siguen comprobando la teoría de Saúl. De hecho Mick alguna vez señaló que la energía que reciben cada noche que dan un concierto, por parte de decenas de miles de almas, es la única explicación de por qué siguen juntos y girando… Ni qué decir de Paul McCartney.

La música influye y cambia situaciones. Nos hace ver la vida de otras maneras. Hace no mucho, vino el Embajador de Estados Unidos en México a mi show de radio que se trata además de platicar, de presentar música. Empezó su selección con rock clásico y de pronto programó “Tubthumping” de Chumbawamba. Me miró fijamente y me dijo “Sé que es una canción un tanto irritante al paso de los años, pero cuando trabajé en el conflicto de Kosovo como parte del staff del gobierno norteamericano, el único momento del día donde salíamos por unos minutos de ese estrés y energía, era cuando poníamos esa canción a todo volumen en la oficina”. La letra de esa canción dice lo necesario que uno quiere escuchar en esa situación y la música se vuelve en un golpe directo para levantar el ánimo.

Y es que no hay música mala. En serio… Pensé que existía hace mucho tiempo, pero al paso de los años, me he encontrado con que solo hay diferentes gustos, momentos y situaciones para escucharla.

La música es el verdadero poder y no la industria musical con sus idas y sus vueltas. Es una energía más grande de nuestro propio entendimiento, que algunos cuantifican en ganar centenas de millones con la misma, pero otros también la usamos para vivir el día con día.