#FromTheMag: Eco museo experimental, arquitectura para la libertad #FTP

// Por: Kaeri Tedla

Mie 31 enero, 2018

La arquitectura, como una de las Bellas Artes, tiene la más increíble misión: generar proyectos estéticos que embellezcan el paisaje y su entorno y que al interior también logren crear ambientes que motiven e inspiren, con un sentido funcional, útil y práctico; cada inmueble creado debería estar pensado para facilitar actividades y usos, añadiendo una propuesta de estilo, formas, colores y materiales que se integren de manera perfecta.

En la mente de un visionario

Sin haber nacido en nuestro país, Mathias Goeritz es reconocido como uno de los protagonistas inevitables de la modernidad plástica y arquitectónica mexicana, dejando uno de los legados artísticos más importantes de nuestra historia cultural y convirtiéndose en impulsor de la tendencia de la abstracción constructiva, así como en fundador de la «arquitectura emocional».

Alemán de nacimiento, Goeritz llegó a nuestro país luego de la Segunda Guerra Mundial; escultor, poeta, historiador del arte y pintor, fue también consolidando su formación como arquitecto que más que un oficio era una suerte de búsqueda en la que proyectaba sus talentos, llevando el diseño de un espacio hasta sus más desafiantes posibilidades.

Junto al ingeniero Luis Barragán y el artista plástico Jesús Reyes Herrera, hacia el final de la década de los 40 y en los años siguientes Goeritz realizó varios proyectos de relevancia como las Torres de Satélite y el Convento de las Capuchinas, en Tlalpan. Años después, la Ruta de la Amistad (exposición escultórica monumental al aire libre sobre Periférico, que daba la bienvenida a los participantes de los Juegos Olímpicos de 1968), el asombroso Espacio Escultórico, en Ciudad Universitaria, y su más importante proyecto: el Museo Experimental El Eco.

El Eco, donde resuenan todas las voces

Ubicado en la calle de Sullivan, en Ciudad de México, el Museo Experimental El Eco fue diseñado por Mathias Goeritz como una estructura poética cuya disposición de techos, muros, recintos y diversas áreas llevaban a los visitantes a reflejar su experiencia del espacio en un acto emocional.

Inspirado también en la arquitectura gótica y barroca, Goeritz concibió el edificio como una escultura penetrable, viva, en la que se siente no sólo lo que ahí se muestra sino todo lo que circunda al objeto; el arte es vivo, lúdico, tangible y mordaz, de ahí que sea un museo experimental, pues constantemente desafía la racionalidad arquitectónica para entregar el poder a las emociones a través de ejercicios donde las distintas artes se entrelazan: pintura, música, danza, poesía, escultura, arte objeto, arquitectura, todo en movimiento y acción constante.

Una travesía difícil

Paola Santoscoy, directora actual de El Eco, y David Miranda, curador del museo, nos narran parte de la historia de este singular edificio, plagado de memorias:

«Fue en una exposición de sus pinturas y esculturas en la galería de Arte Mexicano, en 1949, que Mathias Goeritz conoció a Daniel Mont, empresario relacionado con restaurantes, bares y galerías de arte. En el contexto de esa inauguración, Mont realizó uno de los ofrecimientos más arriesgados y singulares para la carrera del artista de origen alemán. Según lo que Goeritz refiere en diferentes relatos, Daniel Mont se acercó a ofrecerle un terreno en las calles de Sullivan y una cuadrilla de trabajadores, así como los recursos materiales para que hiciera “lo que le diera la gana”. Goeritz replicó que no era arquitecto y que eso sería un problema, a lo cual Mont respondió que era justo la razón por la cual quería que él llevase a cabo tan especial empresa.»

El Eco, concebido como un lugar de resonancia para la expresión artística de su tiempo y para servir como santuario de todas las formas del arte, fue inaugurado el 7 de septiembre de 1953 no para conservar un acervo, como la mayoría de los museos, sino para ser ocupado constantemente por artistas y obras temporales e incluso efímeras, con un sólo objetivo: despertar emociones.

Continúa David Miranda: «Lamentablemente, el 26 de octubre de 1953 Daniel Mont, mecenas de Mathias Goeritz, muere de un paro cardiaco. Después de esa fecha todo lo relacionado con el museo se desvaneció. Goeritz publicó, en 1954, el Manifiesto de Arquitectura Emocional como una suerte de justificación contra quienes cuestionaron el proyecto durante su breve existencia y que nunca entendieron las intenciones del mismo.»

El Eco no tuvo la vida que se esperaba y cambió de rumbo en diferentes ocasiones: fue restaurante y cabaret, se sabe que fue el primer bar gay de la ciudad antes de que la UNAM lo rentara, por iniciativa del maestro Héctor Azar, para ver nacer ahí el Centro Universitario de Teatro (CUT). Más adelante fue tomado por un grupo de activistas durante 25 años consolidando el Centro Libre de Experimentación Teatral que a la postre crearía El Tecolote, un lugar de eventos diversos más enfocados en política y rock urbano.

Al final de los años 90 el inmueble fue abandonado, cayendo en un triste letargo, como los sueños de Goeritz, quien murió sin haber contemplado su gran proyecto funcionando a plenitud.

El renacimiento

En 2004 el lugar fue recuperado por la UNAM para su restauración y rescate, pues sus últimos dueños buscaban demolerlo para hacer un estacionamiento.

El 7 de septiembre de 2005, 52 años después de su inauguración original, el Museo Experimental El Eco reabrió sus puertas con la vocación de sus creadores: convertirse en el espacio de resonancia de los artistas de esta nueva era, siendo la escultura habitable en la que todos queremos sumergirnos para bañarnos de creatividad y arte en sus más diversas y desquiciadas expresiones.

Hoy, El Eco ofrece distintas exposiciones de diferentes disciplinas, tiene un bar y espera a todos los que quieran conocerlo en James Sullivan 43, colonia San Rafael, Ciudad de México.