Lou Reed

// Por: Staff

Mar 29 octubre, 2013

“Yo soy un chupa vergas. ¿Tú qué eres?”.

-Lou Reed

Primero que nada, déjenme acotar que si alguien debe estar totalmente encabronado de que lo estén extrañando es Lou Reed. Acéptenlo, para amarlo había que estar consciente de que era mejor no conocerlo, un sentimiento que si no han caído en cuenta, era recíproco. Lou Reed no quería ser tu mejor amigo, no quería ser tu artista favorito y, especialmente, no quería que quienes lo recordaran con más afecto fueran eruditos.

Pero le debemos mucho y, aunque le joda, Lou va a tener que tragarse esta verga un rato más por nosotros, de la misma manera que nosotros nos tragamos la de él –sin quererlo demasiado- en un par de ocasiones. El cierre de esta historia nos tomó desprevenidos y Lewis Allan Reed (retomando su labor de mensajero de La Parca) se va de nuestras vidas recordándonos que las leyes de la finitud aplican incluso a los que vivieron su vida sin que las mismas aplicaran a ellos, que ni el cabrón más testarudo se salva del final, y que por más que hayamos follado con La Huesuda sin siquiera un rastro de herpes, eventualmente la Dama Fría viene a cobrarnos la noche que hace unos años era por la casa.

“Su madre era una especie de ex-reina de belleza y su padre creo que era un contador adinerado. El caso es que lo internaron en un hospital donde recibió terapia de shock cuando era un chico. Aparentemente, él estaba en la Universidad de Syracuse y le obligaron a escoger entre hacer Educación Física o el Reserve Officers Training Corps (ROTC) del ejército. Alegó que no podía hacer Educación Física porque se rompería el cuello, y cuando hizo el ROTC amenazó con asesinar al instructor. Rompió un vidrio con su puño o algo por el estilo, así que lo enviaron a una clínica psiquiátrica. No me sé toda la historia. Cada vez que Lou me la contaba la cambiaba ligeramente”.
John Cale

Poeta maldito, desadaptado social, genio, drogadicto, profeta, pervertido, rata (adjetivo que, por cierto, le acuñó fue Warhol), egoísta, visionario, osado, reaccionario, apático, malhumorado. Es curioso escribir acerca de Reed en una época en la que a su obra se le ha dado el respeto que tantas anteriores le negaron, y más aún cuando podemos disfrutar de su escritura sin el oscurantismo y recriminación social a la que fue sometida hasta los años 80. Cierto, Burroughs ya lo estaba haciendo en narrativa, pero en ¿música popular? Por amor a Cristo, ‘Walk On The Wild Side’ (hermosa crónica que narra la vida de trasvestis, traficantes, drogadictos y mamadas) se convirtió en un éxito radial. ¿Acaso las putas no necesitaba que las redimieran también? Si no fuera por Reed lo único que tendrían es ‘Roxanne’…y las putas se merecen algo más genuino que Sting dándoles consejos.

No puedo evitar pensar que Lou en cierta manera se sacrificó por todos los que somos demasiado precavidos (¿o sumisos?) para meternos una jeringa en el brazo, para experimentar con sadomasoquismo, para estar con los delincuentes, ser drag queens y parias sociales. Cual Dorian Gray entregándose a todos los placeres y dolores posibles dentro y fuera del escenario (¿acaso es menos real lo que se interpreta en las tablas?) para luego ser la ventana por la que los demás escapásemos de las cadenas de la moral y la virtud (…y sin tener que mancharnos las manos con vaselina). Pero cualquiera que conozca la obra de Lou, sea con Los Velvet o como solista, sabe que la repercusión de su obra sobrepasaba el hedonismo intelectual y el escapismo artístico al inframundo de sus primeros seguidores. Lou Reed se convirtió en el fotógrafo de las vida silenciadas que, de haber sido de otra manera, tendrían todavía una etiqueta negra encima. No puedo evitar pensar que la obra de Robert Frank, Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs desemboca es en que Lou Reed – joven totalmente jodido de Brooklyn- tome una guitarra y escriba acerca de lo que le rodea. Eso en mi libro tiene sentido. Como si todo lo que pasó en mitad de siglo XX en Estados Unidos tenía el único propósito de que Lou salvara a Jenny y sus amputaciones con rock & roll.

“Sylvia llevó a Lou a CBGB’S a ver a los Voidoids y, cuando bajé del escenario, él me toma por el brazo para decirme: ‘Eres un guitarrista jodidamente bueno”. A lo que respondí, ‘¡Gracias! Eres una gran influencia para mí’, pero luego me dijo que le importaba una que pensara eso. Todo en una actitud totalmente desagradable. […]

Así que estoy sentado en una mesa con él cuando de pronto pasa alguien y yo volteó la mirada, y Lou se detiene en seco y me dice: “Maldita sea, cuando te hable me miras a los ojos o juro por Dios que te destrozo la cara”. Todo esto mientras me sigue diciendo lo genial guitarrista que soy. Desde ese entonces no le volví a apartar la mirada”.
­-Bob Quine

La tapa de un libro de Banksy que compró mi hermana me acecha: “Eres un nivel aceptable de amenaza, si no lo fueras…lo sabrías”, y aunque sé que el mensaje es “político” no puedo evitar pensar en Lou Reed cantándole a la heroína en “The Velvet Underground & Nico”, y en lo difícil que tiene que haber sido conseguir una copia de ese disco en su época. Hoy veo la maldita banana de Warhol (diseñada para ser pelada de manera alusiva a un pene) hasta en tote bags, y aunque me alegra ver una obra que considero fundamental en el desarrollo de cualquier ser humano siendo abrazada por la sociedad, no puedo evitar pensar que “ya no es peligroso”, y que parte de su valor radicaba era en su inherente peligro. Ese peligro que hace que el arte pulse en oscuros rincones, que escupa con sangre declaraciones osadas y le quite sueño a directores de programación preocupados sobre mostrar o no mostrar algo que probablemente irrite a un sector de la población demasiado ensimismado para aceptar la existencia de alguien radicalmente distinto a ellos mismos. Les digo esto porque genuinamente creo que la muerte de Lou Reed no es sólo la muerte de un gran escritor, músico, intérprete, e intelectual contemporáneo, sino porque siento que es en parte la muerte del peligro que hace que las obras de arte vibren más allá del marco donde constantemente las encarcelamos, y me preocupa que cada vez son menos “las amenazas” que se atreven a mostrarnos la vida de los otros con el peligro necesario para que eventualmente desista el tabú que las aísla, sin perder la humanidad que hace que sus historias rompan la jaula de vidrio donde las hemos encarcelado cual peep show.

“Regresé a Nueva York y no tenía idea de lo que iba a hacer, así que fui a CBGB’S y Richard Hell me propuso alquilar una habitación en el edificio donde él vivía. Cuando terminé de mudarme no tenía teléfono, así que fui al apartamento de Anya y le pedí si podía usar su teléfono para llamar a Lou. Ella estaba enojada, pero llame a Lou de todas formas. Él me dijo que estaba feliz de oírme y quedamos en vernos en Phoebe’s, pero me plantó esa noche y yo estaba enojada al respecto, así que lo llamé de nuevo y me dijo: ‘Oh, iba a ir, pero unos amigos vinieron y tuvimos un jamming’. Estaba furiosa así que lo mandé al demonio y le colgué. La mañana siguiente alguien tocó mi puerta. Era Lou. Había estado esperando afuera de mi edificio por horas intentando entrar. No sé si recuerdas el edificio de Richard, pero no había intercomunicador así que tenías que gritar desde la calle para que te abrieran y, como yo no tenía teléfono, Lou había pasado horas abajo esperando que alguien saliera para él entrar. Así que Lou me dijo: ‘¿Quieres venir a Montreal?’, que es mucho mejor que decir ‘vamos al cine’, así que acepté, y después de ese entonces permanecimos juntos hasta ahora”.
Sylvia Reed

Si sólo me limitara a hablar de su dimensión artística, sería excesivo calificar a la muerte de Reed de injusticia. Su vasta y compleja obra (que por amor a Cristo, incluye hasta un hermoso, pese bastante criticado, disco de drones) deja mucho por leer y oír para nuevos adeptos, entusiastas voyeristas y eruditos por igual. A diferencia de otros que mueren más jóvenes, Reed se nos va habiendo comprobado su genialidad en repetidas ocasiones, sin las premisas idiotas de “que hubiera pasado si estuviera aquí todavía”, y con una congruencia que ni “Lulu” puede comenzar a opacar. Sus canciones – más que añejarse cuál buen vino- nos estaban esperando desde hace 4 décadas a que las alcanzáramos en la modernidad. Ahora, sí es una injusticia enterarse de la muerte de Lou desde el punto de vista más humano: 71 años, a 6 meses de haberse sometido a un trasplante de hígado, según entrevistas recientes: “Haciendo tai-chí y más fuerte que nunca”. Quitando mi profunda admiración a Lou Reed como artista, no puedo evitar sentirme un poco triste por ver finalizar una vida que desafío todo tipo de convenciones, una vida a la que ni el espíritu más indomable bastó para vencer su caducidad. En mi cabeza siempre pensé que Lou estaría ahí para recordarme esa vieja definición de Camus de un forajido: “Ese hombre que no necesariamente está en contra de las reglas, sino que decide vivir fuera de ellas”.

A tu legado, Lou…por siempre agradecido de haberte encontrado.

“El rock & roll es tan grandioso, las personas deberían  empezar a morir por el. Tú no entiendes. La música te devolvió tu ritmo para que pudieras soñar. Una generación entera corriendo con un bajo Fender,

Las personas tienen que morir por la música. Están muriendo por todo lo demás, así que ¿por qué no morir por la música? Morir por ella. ¿Acaso no es hermoso? ¿No quisieras morir por algo hermoso?

Quizás yo debería morir. Después de todo, todos los grandes cantantes de blues murieron.  Pero la vida está mejorando ahora. Yo no quiero morir. ¿O sí?”
-Lou Reed

( h. )