LSD: Luces Sonidos Delicia. Paraísos Prohibidos #WARPBeforeAndAfter

// Por: Kaeri Tedla

Jue 23 febrero, 2017

Si alguno de nosotros hubiera estado caminando por las calles de Basilea, Suiza el 19 de abril de 1943, hubiera visto a un joven doctor, de apenas 37 años en aquellos días, circulando en su bicicleta con una gran sonrisa en el rostro.

Pero, además, lo hubiéramos visto observar el mundo con nuevos ojos fascinado por las maravillas que, en un paisaje aparentemente común, se estarían develando para él.

El nombre de ese científico era Albert Hofmann, un hombre excepcional que llegó a vivir más de 100 años, luego de una vida plena de descubrimientos y experiencias únicas.

El momento que acabamos de describir es histórico y sumamente simbólico para aquellos que conocen la historia del doctor Hofmann, pues representa la primera vez que un ser humano experimentó los efectos del LSD.

La Lysergic Acid Diethylamid o Dietilamida de Ácido Lisérgico (LSD-25 o simplemente LSD), comúnmente conocida como ácido o trippy, es una droga psicodélica semi-sintética que se obtiene del cornezuelo del Ergot, un hongo que crece de manera natural en el trigo y el centeno y que, en su estado primitivo, es decir mezclada por ejemplo en un pan de trigo que ya estaba infectado con el cornezuelo, puede producir alucinaciones táctiles, sensoriales y visuales y culminar en la muerte por intoxicación, dependiendo de la dosis consumida.

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Hay quienes especulan por ejemplo que, considerando que en tiempos bíblicos justamente era el trigo la materia prima más utilizada para fabricar el pan de consumo general, no suena descabellado que muchas de las visiones divinas que Jesucristo y sus apóstoles y seguidores experimentaron pudieron haber tenido que ver con alucinaciones influidas por el consumo accidental de LSD esencial a través del pan.

Pero más allá de teorías bíblicas, lo importante es lo que esta sustancia provocó al transformar la percepción y la visión del mundo y la realidad circundante de varias generaciones, llegando a inspirar la posibilidad de crear una auténtica Revolución Social a través de su consumo y de las emociones personales y colectivas que éste químico afecta.

De hecho, el término “Psicodélico” deriva justo de la profunda evolución conceptual que el LSD detonó en el arte, en la música y el cine, en la literatura, en la pintura y en los movimientos sociales de mitad del s.XX como el movimiento Hippie y la postura Beatnik.

En su momento personajes tan polémicos como el Dr. Timothy Leary, quien había sido profesor honorario en la Universidad de Berkeley y la de Washington y que para la década de los 60 había descubierto y experimentado con las facultades sensitivas del LSD, tuvieron la intención de basar en este alucinógeno una revolución de gran alcance, partiendo de la conciencia humana amplificada por el ácido.

Llegó incluso a fundar la Liga para el Descubrimiento Espiritual, una comunidad que utilizaba el LSD como su sacramento y que sostenía que, vaciando algunos litros del químico en los depósitos de agua potable de Los Ángeles, se podía dar lugar a una transformación de la cultura norteamericana (y del mundo) sin precedentes.

Y es que en términos químicos el LSD es la sustancia psicoactiva que requiere la dosis más pequeña, que de hecho se mide en microgramos, para generar el efecto más intenso y duradero, entre 8 a 12 horas de “viaje”, con una sola gota.

Sus efectos pueden incluir alucinaciones con ojos abiertos y cerrados, sinestesia (oír colores, ver sonidos), percepción distorsionada del tiempo y disolución del ego, la alteración de la percepción, la conciencia y los sentimientos, además de sentir o visualizar sensaciones o imágenes que al consumidor le pueden parecer reales, pero que no lo son o más increíble aún, sensaciones o imágenes muy reales pero que nunca habíamos apreciado por no estar en la frecuencia psíquica para hacerlo.

Eventualmente y luego de comprender lo que su descubrimiento había generado en todo el planeta, Albert Hofmann escribiría el libro LSD: My Problem Child, donde hace una revisión de su evolución e impacto sociocultural, desde su aparición en el mundo y hacia el futuro.

Pero ese descubrimiento y aquí viene lo poético, fue completamente casual…

Ya el Dr. Hofmann, trabajando para los laboratorios Sandoz de Suiza como químico residente en 1938, había experimentado con el cornezuelo del Ergot, sintetizando varias veces el principio de la dietilamida para disminuir sus efectos tóxicos y anular su potencial mortal, buscando un anestésico efectivo para la cirugía ocular.

En esa ocasión no funcionó, así que el doctor decidió almacenarlo entre los ensayos fallidos.

Volvió a llamarle la atención en 1943, cuando la consigna de sus directores era buscar algún medicamento con posibilidades en la terapia psiquiátrica. El propio Hofmann afirma que tuvo “la sensación de que esta sustancia podría poseer otras propiedades además de las establecidas en las primeras investigaciones”. Esta intuición lo condujo a sintetizar de nuevo el LSD, esta vez hasta 25 veces, para que el departamento farmacológico llevara a cabo más pruebas (de ahí que la versión más pura de la sustancia que se conoce se denomine LSD 25).

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Mientras purificaba y cristalizaba el LSD, lo interrumpieron una serie de sensaciones extrañas, había absorbido una pequeña cantidad a través de la punta de sus dedos y describiría las consecuencias en el informe que envió al profesor Stoll, que en aquel momento actuaba como su médico de cabecera:

“Viernes 16 de abril de 1943: me vi forzado a interrumpir mi trabajo en el laboratorio a media tarde y dirigirme a casa, encontrándome afectado por una notable inquietud, combinada con cierto mareo, tomé mi bicicleta para ello y el viaje fue asombroso”.

“En casa me tumbé y me hundí en una condición de intoxicación no desagradable, caracterizada por una imaginación extremadamente estimulada. En un estado parecido al del sueño, con los ojos cerrados (encontraba la luz del día desagradablemente deslumbrante), percibí un flujo ininterrumpido de dibujos fantásticos, formas extraordinarias con intensos despliegues caleidoscópicos. Esta condición se desvaneció dos horas después”.
Albert Hofmann

Días después Hofmann se hizo revisar por su doctor sin encontrar ninguna alteración física u orgánica consecuencia de esta toma involuntaria, lo cual lo tranquilizó sobre los efectos secundarios del fármaco.

Era el momento de hacer una prueba de control para descubrir todo lo que se escondía detrás de esta puerta de la percepción y Don Albert decidió realizarla en sí mismo.

Acompañado de un ayudante que iba tomando notas de lo que Hofmann le dictaba sobre lo que sentía a cada momento, consumió vía oral (ya en gotas, lo que en su uso lúdico posterior sería la forma habitual de tomarlo) 250 microgramos de LSD, esta vez los efectos serían mucho mayores.

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Estando en casa quiso distraer su atención, leer, ver libros de arte, escuchar música, todo adquiría un matiz de plenitud y una distorsión devastadoras, frente a sus ojos aparecían vórtices de luz y las formas ondulaban de una manera hipnotizante, al darse cuenta de que le costaba trabajo articular palabras por lo absorta que estaba su imaginación, el doctor se asustó y le pidió a su discípulo lo acompañara a dar un paseo en bicicleta para relajarse, ese es el momento icónico y legendario que marcó el nacimiento de esta sustancia excepcional.

Albert Hofmann solo creía en las posibilidades médicas y de investigación para el LSD, por ello una vez comprobada la inocuidad de la sustancia, no tuvo inconveniente en compartir su descubrimiento con colegas químicos de muchas universidades alrededor del mundo para que ellos por su parte develaran sus múltiples posibilidades.

Sin embargo, muy pronto alguna filtración entre esos “selectos usuarios” provocó que el LSD alcanzara las calles y con ello la gente empezara a cruzar el umbral psicodélico por su propia cuenta, eso por supuesto hizo que las cosas salieran de control y que las autoridades detectaran con miedo absoluto esta nueva “droga peligrosa” que atrapaba a los jóvenes.

Las campañas de desprestigio sobre la sustancia y la prohibición y consecuente criminalización no se hicieron esperar.

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El acabose fue la tétrica escena cuando el músico Charles Manson, encabezando a un grupo de sus seguidores, programó y mando a atacar la casa de la actriz Sharon Tate (embarazada) en Beverly Hills, matándola a ella y a otras cuatro personas “intoxicados de LSD”, como consignarían los medios de comunicación de la época.

Eso fue suficiente para que toda la sociedad se revelara en contra del ácido y sus consumidores en una prohibición y mitificación que sigue viva hasta nuestros días, sin mediar estudios médicos serios sobre sus peligros, ni haber comprobado al 100% todo lo que se dice sobre ella, la dietilamida fue simplemente arrojada a la canasta de los venenos prohibidos para cualquier fin.

Como en cualquier sustancia consumida por el hombre, así como para diferentes personas un vino tal puede ser maravilloso y para otras aborrecible, o un alimento puede fascinar a unas mientras otras lo odian, los elementos psicoactivos dependen de un juicio subjetivo para darles un valor auténtico.

Ojo, no se trata de hacer una promoción sobre el uso de drogas, ni invitar a la gente a probar nada, pero lo cierto es que todo joven y cualquier persona en algún momento de su vida se ha visto o se verá expuesto a que se las ofrezcan y el mejor camino para prevenir adicciones destructivas es estar bien informados para poder decir si, o no, pero de manera consciente a las posibles consecuencias negativas… o positivas, para nuestra vida.

Les recomiendo el libro Aprendiendo de las drogas: Usos y abusos, prejuicios y desafíos* del sociólogo, filósofo, doctor y psiconauta Antonio Escohotado, en él encontrarán una guía muy seria que nos habla del entorno cultural, sociológico, médico, químico y empírico de muchas sustancias consideradas como drogas y estimulantes, desde el café, el tabaco o el alcohol, pasando por la cocaína y los opiáceos hasta la marihuana, el peyote, las drogas de diseño o el LSD.

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Luego de tener los elementos, cada quien decida si quiere cruzar los umbrales de los pasillos de nuestro interior de la mano de estos entes psicoactivos que solo dan la llave para abrir esas puertas, pero lo que hay detrás de ellas, para bien o para mal, es nuestra propia naturaleza, nuestros ángeles y demonios…

Pasear por los paraísos prohibidos, como todo en la vida tiene sus peligros, pero también secretos únicos e invaluables que solo existen ahí.

Yo por lo pronto voy a dar un rol en bici, a ver si puedo ver con ojos de Hofmann, la CDMX… a las seis de la tarde…

*Editorial Anagrama, Colección Compactos @2006.