Rock y política: la memoria selectiva de las generaciones anteriores

// Por: Staff

Lun 23 abril, 2012

 

No por escuchar a The Clash se te abrirán los ojos. No por escuchar a Claxons se te van a cerrar. No conoces a esta generación (y te lo digo yo, que tengo 35 años y tampoco pertenezco a la generación de la que hablas)
– Ariel Valero (lector de Proceso)

 

Recientemente se compartió en redes sociales un artículo de Juan Pablo Proal para Proceso titulado “La generación Zoé”. En él, el autor plantea que “el canto de los jóvenes mexicanos está nublado de evasión. A pesar de que el sistema le cerró las puertas en su cara, una parte representativa de esta generación esquiva su realidad con versos dedicados a la vía láctea”. Sin duda esta es una fuerte declaración, y pone en la mesa muchos puntos importantes, pero el romanticismo que envuelve dicho texto nubla la visión del autor, quien parte de la premisa de que “todo tiempo pasado fue mejor”.

Pero antes de dar pie a una serie de observaciones con respecto al artículo y la supuesta apatía de esta generación, considero importante remarcar que sin duda la pregunta “¿cuál es el papel de los rockeros (y músicos en general) en el panorama social y político en México?” es una pregunta pertinente, necesaria y que se tiene que discutir en muchos más espacios. El país está en crisis, ¿y qué tienen que decir los líderes de opinión artísticos y culturales al respecto?

La realidad social mexicana es cruda, confrontando no solo a los distintos bandos de la “guerra contra el narco”, sino también a la población en general a partir del choque de distintos puntos de vista políticos e ideológicos. Es en esos momentos de crisis en los que empieza a surgir entre muchas personas la inquietud con respecto al papel que cumplen las expresiones culturales en la sociedad, incluido el rock. El problema radica en que se ha construido un imaginario del rock como el estilo musical contestatario por excelencia, exigiéndole tal vez demasiado en ocasiones e ignorando lo que ocurre con otros estilos musicales similares. Así mismo, buscamos sólo en las letras una respuesta o reacción similar a nuestros puntos de vista, obviando que las prácticas musicales no son sólo eso. Es así que me surgen muchas inquietudes con respecto al texto de Proal, quien aborda un tema sumamente importante pero de una manera romántica y descontextualizada, tema que sin duda es pertinente también para el próximo número de WARP, que busca discutir cuál es la posición de los músicos con respecto a la realidad política que vive el país.

Debo confesar que hace tiempo coincidí con esa idea de que el rock mexicano era apático ante la realidad social, pues solía romantizarlo también y me brincaba que incluso grupos como Muse y Placebo (¡!) lanzaran consignas con respecto a la necesidad de cambiar la realidad social en el mundo, mientras que en ciertos medios musicales mexicanos el rock no abordaba este tema. Pero después investigué y me di cuenta de que mi percepción estaba nublada por desinformación y una memoria selectiva, algo que ha caracterizado a la historia del rock en México. Así mismo, recordé una afirmación que escuché hace tiempo por parte de algunos ROCKEROS de la generación del ’68 quienes, parafraseando, reconocían que el movimiento estudiantil no les pegó directamente, pues se movían en otros círculos encaminándose hacia lo que sería “La Onda” y la ideología recurrente de la época que culminaría con las consignas de amor y paz de Avándaro (y claro, algunas críticas hacia el gobierno). Pero el movimiento estudiantil no era tema.

Enfatizo la palabra ROCKEROS porque sí, hubo músicos que sin duda estuvieron involucrados en el movimiento, principalmente los folkloristas y varios de los seguidores de los grupos que tocaron en Avándaro, pero los rockeros no, al menos no en el ’68. Aclaro que este es un tema delicado, cargado de muchos matices y donde muchos intereses y romantizaciones entrarían en juego, pero la realidad es que el rock en México de finales de los sesenta no participó activamente en el movimiento estudiantil. ¿Se le ha reclamado a esa generación (que de ahora en adelante denominaré como “generación José José”) de ser apática? No mucho. Pues los músicos vivieron parte de la represión a la juventud que caracterizó a esa época: fueron víctimas de alguna manera cuando se cerraron los cafés cantantes y se limitó la transmisión de rock en las estaciones de radio. Sin embargo a ellos también se les criticó algo que ha sido una constante para el rock del país, y es el hecho de que también fueron “plásticos”, “comerciales”, “complacientes” y carentes de los elementos de un “auténtico rock contestatario”, como los medios nos lo han hecho creer todos estos años con respecto al rock en otros países (para leer más sobre el tema ver la nota al final de este texto). Es así que a continuación planteo una serie de preguntas que creo habría que considerar al momento de hablar del rock y la política en México.

¿Es justa la comparación y crítica que hace el autor?
Sin duda es bonito criticar la decadencia de las generaciones emergentes utilizando citas de autores como Albert Camus y Herbert Marcuse (y agregaría el romanticismo que envolvió a la reciente visita de Gilles Lipovetsky a México, quien a partir de una serie de obviedades y generalizaciones románticas cautivó a muchos “críticos”. Todo esto como legado de pensadores como Theodor W. Adorno. Pero la verdad es que la crítica de que “todo tiempo pasado fue mejor” es una de las posturas más cómodas y perezosas que podemos encontrar. Juan Pablo Proal plantea que “las bandas de rock mexicanas no han sido siempre así. En 1978, un amplio colectivo conformó la Liga Independiente de Músicos y Artistas Revolucionarios (LIMAR). Algunos de sus integrantes eran José Cruz Camargo (fundador de Real de Catorce), Los Nakos, León Chávez Texeiro, Guillermo Briseño y Rafael Catana”. Claro, generalizar a partir de un movimiento musical que sin duda fue “underground” como la realidad de una generación es algo demasiado injusto. ¿Acaso el autor compara a los grupos “mainstream” de antes con los de ahora? No. La “generación José José” (aquella de la Revolución de Emiliano Zapata y Peace & Love), o la “generación Emmanuel”, que es a la que el autor apela, serían consideradas igual de apáticas bajo esos argumentos. Pero esas generalizaciones son injustas, carentes de método alguno y sobre todo desinformadas. Sería justo comparar a los de LIMAR con los músicos de hardcore, metal y punk de ahora: hablemos entonces de unos Machingón de Guadalajara mentándole la madre a Emilio González Márquez

A unos Nazareno el Violento criticando a las autoridades mexicanas, o recordemos entonces cómo Puerquerama cedió su premio IMAS a Segregados –grupo conformado por miembros del Reclusorio Varonil Oriente– mediante el siguiente mensaje: “Pensamos que algo que hace valiosa a la música es la circunstancia en la que se produce y la manera en la que puede decir cosas sobre la misma. Por lo anterior, comunicamos nuestra decisión de ceder nuestro premio a la banda Segregados” (aquí el comunicado completo). No, sin duda la crítica del autor es injusta y tendenciosa. Además de desinformada.
¿Realmente la “generación Zoé” es apática ante la realidad del país?
Más allá de que se tome a Zoé como estandarte de una generación (y entendiendo que el texto no es una crítica directa al grupo, sino al panorama), el autor obvió demasiados aspectos: la crítica social no sólo se hace con las letras. Le concedo al autor que mientras escribió el artículo todavía las campañas electorales estaban en pañales, sin embargo es irónico que de las primeras imágenes políticas que vimos fue a un León Larregui (vocalista de Zoé), apoyando a Andrés Manuel López Obrador abiertamente bajo la frase: #YoconAMLO. Y por más que trato de hacer memoria, no recuerdo a otro músico “mainstream” que abiertamente apoyara a un candidato político de izquierda. Claro, mi memoria y conocimiento son reducidos, y así lo reconozco. Pero seamos más críticos. La letra de “Peace and Love” de Zoé dice lo siguiente: “Peace and love y una carga de metralla de rodillas al sol. Eso ya no me interesa, ni sus guerras ni su Dios”. O tomemos a un grupo mexicano rockero todavía “más fresa” según algunos, Jumbo, quienes en este Vive Latino tocaron su canción “Alto al fuego”, cuya letra dice: “Alto al fuego, levanto las manos. No sé lo qué pasó, ni a donde llegamos. Alto al fuego, levanto las manos. No sé qué sucedió, seguimos aquí”  y que bajo la consigna de “Manos arriba por tanta gente que ha muerto” expresaron su sentir ante la creciente violencia que han visto tanto en Monterrey como en el resto del país. ¿Acaso eso es apatía por parte de los grupos mainstream? La violencia del narco le ha pegado al rock, y los músicos se han expresado mediante comunicados en redes sociales, como ocurrió tras la balacera del Bar Iguana en Monterrey.

¿Los medios y festivales no ofrecen ese espacio de crítica que “antes” existía en el rock?
El autor también critica espacios como Reactor y el Vive Latino, y si bien no defiendo a la estación del IMER, ya hablé al respecto de la percepción errónea que se tiene de espacios como el Vive Latino. Claro, falta mucho por hacer y decir, e idealmente debería ser una crítica más activa, pero simplemente me vino a la mente el momento en el que en el Vive Latino, Juan Cirerol tocó “Se vale soñar”, un corrido del Tigrillo Palma, y cómo tras frases como “los cárteles no existieran… mucho menos los mafiosos” ó “estuviera a toda madre que no existiera el perro gobierno, viviéramos más a gusto sin amantes de lo ajeno”, la gente reaccionó apoyando la idea. Por otra parte, ¿qué el autor no se enteró de la campaña “Tu rock es votar” apoyada por Reactor? Claro, una campaña cuestionable, pero el autor critica al Vive Latino y a Reactor y aquí hay dos muestras de lo contrario. Sin duda pareciera que los medios están anestesiados, pero la generación emergente es mucho más que los contenidos de dichos espacios.
¿Los músicos contemporáneos y la juventud en general no demuestran descontento aún cuando se le cierra las puertas en su cara?
El principal problema –y que demuestra la ignorancia detrás de las críticas– es el hecho de desconocer qué está pasando con la música en el país. Si exigimos de entrada que una canción romántica como “Vía Láctea”, o conjuntos como Los Concorde y Allison nos den respuestas políticas estamos buscando en los lugares equivocados. También se vale tener canciones de amor y de diversión en el rock. Por otra parte, buscar protesta en medios como Reactor es como pedirle a MTV que siga pasando música. Ya no es posible, no cuando existen YouTube, Facebook, Myspace, Bandcamp y Soundcloud. Y es ahí donde vemos la acción, donde grupos como Doble D, Derruidos, Akuma o Expedición a las Estrellas, entre muchos, MUCHOS otros, publican comentarios e invitan a sus seguidores a generar conciencia (claro, ya si funciona o no es otra cosa). Así mismo, la lírica no lo es todo, ya que si nos quejamos de ella podríamos afirmar que grupos como Caifanes no buscaron criticar la apatía de la sociedad al hablar de “células que explotan”, ignorando por completo todos los discursos en vivo por parte de Saúl Hernández o pasando por alto el significado detrás de letras como “El comunicador”

¿No será que la “generación José José” y la “generación Emmanuel” no comprenden lo que está pasando y romantizan algo que nunca existió?
Es muy bonito romantizar que nuestros tiempos y contextos eran mejores, pero bajo los argumentos del texto de Juan Pablo Proal (que simplemente son demasiado cuestionables como para extenderme aquí lo suficiente) esta “generación Zoé” es tan apática como la “generación Emmanuel” a la que él apela. Sin embargo, podemos afirmar que en cada época el rock no sólo ha sido entretenimiento, sino que también ha tenido exponentes que hacen una crítica abierta al entorno social. Así mismo, no sólo debemos de hablar de rock, sino de la electrónica (¿O qué? ¿Acaso parte de la estética del colectivo Nortec no tiene algo de contestatario?), del hip hop, del metal, del punk, del hardcore y de muchos géneros más (vamos, hasta me ha tocado escuchar a los de Austin Tv criticando en vivo algunos aspectos de la realidad social). Pero no podemos pedirle peras al olmo, también es necesario que haya expresiones de escape y desconexión, e incluso expresiones de esperanza y que pidan por un mejor futuro.

Pan y circo para algunos, alimento espiritual para otros. Pero cualquiera de los dos puntos tiene que fundamentarse en entender las intenciones detrás de cada canción. En este sentido todo es válido en las expresiones musicales, pues no existe una sola función de la música en la sociedad. Exigir eso es convertirse en un fascista intelectual. Es censurar a partir de una crítica desinformada y reducida. Si bien el autor tiene un punto, y la pregunta es necesaria ante la realidad del país, la respuesta es que sí, la generación contemporánea es crítica, pero crítica en sus propios espacios y formas, y hay que comprenderlos. Si también romantizamos que los grupos de ahora no son tan críticos como Café Tacvba, Molotov, Control Machete, Jaime López y El Tri, olvidamos por completo la otra cara de la historia: los nuevos grupos son hijos de lo que éstos otros han sembrado, y tenemos por ejemplo a un Rubén Albarrán que afirma que no votará porque no sirve, a unos Molotov haciendo canciones para Televisa y Bimbo, a un Fermín IV cristiano, a un Jaime López que participó en el Festival OTI y que compuso el tema del bicentenario, y a un Alex Lora que le canta a la virgen y cuya hija lo ha envuelto en una serie de controversias. ACLARO, NADA DE ESTO ES MALO, NI CUESTIONABLE, al contrario, cada artista tiene plena libertad de hacer lo que se le antoje y de tener congruencia o no entre su imagen y sus acciones. Sin embargo, tendemos a romantizar y en esa memoria selectiva dejamos fuera muchos argumentos para lanzar comentarios incendiarios que si, sin duda mueven a muchos, pero que al mismo tiempo desinforman y perjudican a partir de argumentos tendenciosos.

Finalmente el “activismo” de los rockeros no solo radica en la política, hay muchos otros puntos como la campaña a favor de la prohibición de las corridas de toros en la que participaron Daniel Zlotnik, Alex Otaola y los hermanos Arreola; o el “Imagina Post Rock Festival” de carácter ecológico que busca la “concientización y responsabilidad por nuestro mundo”. El peligro de las generalizaciones es que caen en estereotipos reduccionistas que inducen incluso a la violencia (al menos simbólica). Sin duda la apatía no es nueva, pero no por eso generalizada. Así mismo, claro está que darle “like” a un video o publicarlo en un muro no es activismo, pero sin duda “el canto de los jóvenes mexicanos” NO está nublado de evasión, simplemente tiene otras formas de expresión y canales de difusión. Para terminar, a veces creo que confío más en un artista que canta al amor (o pide un aplauso para él) que en uno que critica al sistema desde una disquera transnacional o se apoya en estandartes contestatarios sin pisar los territorios que “defiende” su discurso. Sin embargo, ambas formas de expresión son necesarias y saludables, simplemente no nos quedemos con una sola historia.

NOTA: El punto de los prejuicios y críticas mediante comparaciones injustas es un tema demasiado largo dentro de la historia de las expresiones artísticas en México, algo que se puede identificar desde la Colonia, donde la crítica buscaba al (inserte un nombre de un compositor europeo) mexicano. El caso más reciente que he encontrado es un texto de Hugo García Michel para el periódico Milenio titulado “Primeros auxilios para el rockcito ñoño”. Pero ejemplos de argumentos absurdos que podemos encontrar con respecto a la “autenticidad del rock” abundan, como un artículo del número #18 de la revista Mosca en la pared de 1997 titulado “Encuesta Bizantina: ¿Existe el Rock Mexicano?” (año 2, pp. 6-16). La realidad es que esta discusión sobre la autenticidad del rock en México y su “falta de actitud contestataria” ha nublado las opiniones sobre lo que realmente se está produciendo como “rock” en el país. Y una de las afirmaciones que puedo hacer es que el rock –como término paraguas que engloba diversos estilos musicales– sin duda puede ser contestatario más allá de sus letras.