Una conversación con Nick Cave (D.F.)

// Por: Paco Sierra

Lun 18 febrero, 2013

Foto: Franccel Hernández para WARP

Las preguntas del público siempre son más divertidas —les aclaró Nick Cave a los dos presentadores (Diego Rabasa y Rulo) una vez que éstos concluyeron su cuestionario. Él, Nick, continuaba sentado con las piernas cruzadas en aquel sillón blanco, en medio de ambos, como se colocó desde su llegada minutos después del mediodía, cuando saludó a quienes lo recibieron entre aplausos y gritos con un “Hello… I love you too”.

Aclaró su predilección por el público después de contestar las preguntas sobre “su trayectoria artística y composiciones para cine” que le hicieron en el Museo Universitario del Chopo, en el Foro del Dinosaurio que diez minutos antes de comenzar lucía vacío: una larga fila esperaba entrar a la plática llamada “Una conversación con Nick Cave”, porque no todos alcanzaron lugar en el registro en línea.

Entonces habló –con esa voz tan suya, a la que calificó de terrible pero por momentos melodiosa– de su proceso creativo, aquel que hace a partir de muchas notas escritas y del que no tiene idea de cómo va a empezar pues: “de un caos surge una canción” y ésta suele tener, ante todo, un sentido de misterio y ausencia.

Acaso como el propio Cave, quien lucía camisa blanca y traje negro; el cabello engominado hacia atrás, como la imagen que genera el ícono del rock (jamás como Leonard Cohen; quizá al nivel de Tom Waits, respondió a la comparación) en los recuerdos de quien lo menciona, como reseñistas y entrevistadores que, de pronto, aseguró: “(…) creen saber más de lo que hago que yo”.

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Y mantuvo las piernas cruzadas al sentarse:

Escojo un día en particular del año para sentarme a escribir las canciones; se escriben al mismo tiempo, podría decir. Por ejemplo, en este álbum (“Push The Sky Away”) las canciones se toman de las manos y van una con la otra.

Es de ese último disco del que Cave admira la portada. Es un accidente, dijo, en el que su esposa se cambiaba el vestuario y él, Nick, abría la ventana mientras el fotógrafo cerraba el obturador de su cámara. Y de algo también estuvo seguro sobre este álbum: no quería sonar en él a las clásicas baladas que había hecho antes: no hay versos, no hay coros.

Te olvidas de los discos que has hecho, de tu carrera. Te tienes que olvidar de ello, es un momento vulnerable. Tomas lo mejor de entre un montón de mierda que creas para hacer una canción. Soy obsesivo en lo que hago, aunque sé que hay cosas en la vida más significativas….Existe con el paso del tiempo cierta complacencia natural con el propio trabajo, sin embargo la gente que trabaja conmigo me protege de ella. Yo no soy músico, soy escritor. Escribo, puedo escribir una canción. Toco el piano como una viejita; el grupo, The Bad Seeds, hace algo realmente hermoso de ello.

Sin embargo, y pese a que ha escrito guiones para cine y un par de novelas, Cave escupió, sarcástico: “es un trabajo de perros, no lo recomiendo a nadie”. Aclaró que no piensa dirigir una película. En lugar de ello se autodefinió como “un cantante de rock que ha escrito dos novelas”, pues lo que más le da placer en esta vida es escribir canciones, algo que ha tenido que hacer desde que fracasó en la escuela de artes, pues de pequeño quiso ser pintor.

Si acaso su tercera novela podría llamarse “Tijuana, I love you” (bromeó), ciudad mexicana que ha visitado unas cinco veces. Se disculpó con su público por ser esta su primera vez en la capital, de la que apenas se levantó tras llevar dos días en cama desde su arribo.

Para “Push The Sky Away”, Cave y su banda vivieron tres semanas juntos, platicó. No fue una rehabilitación, como le sugirió uno de sus entrevistadores: se trató de “una receta total para el desastre” para unos hombres de su edad, ya mayores, dijo riéndose. Porque el humor rigió la mayoría de las respuestas de Nick. Había en él un halo de confianza enorme, un lazo invisible con sus fans difícil de romper, como existe con su banda, mencionó, hay una comunidad, no son miembros que salen y entran, se trata de una familia que tiene ciclos, procesos.

No sabíamos cómo estar sin la guitarra; en este álbum en especial hay un gran espacio, un hueco. Es como un disco “fantasmagórico” —relató, aunque no se refería a sus previas influencias bíblicas o su nueva convicción en las creencias más allá de la vida, que repudian lo negativo de la religión; no, se traba de la ausencia guitarrística que tuvieron que suplir de otra forma, con otra atmósfera en este álbum.

Y aunque de pronto los académicos realicen estudios sobre su trabajo –en donde alguno lo habrá tachado de gay por sus movimientos, bromeó–, Cave es un observador:

Para mí escribir canciones tiene que ver con mirar: mis canciones son altamente visuales; sus protagonistas miran desde fuera lo que está sucediendo a su alrededor —y ejemplificó con el viejo que era él mirando a los jóvenes que lo escuchaban en aquel espacio. Son, regularmente, canciones sobre el fracaso y la pérdida.

Aún así a Nick Cave le gusta la vibra que hay entre él, su banda y el público en vivo, en el escenario, como la que empezó a generar desde la plática, de quienes esperó las preguntas más divertidas y de los que no quería separarse. Quizá no lo habría hecho de no existir soundcheck:

Me convierto en la persona que siempre quise ser.

Para que después del concierto vuelva a ser quien siempre ha sido.

Texto: Samuel Segura.
Fotografías: Franccel Hernández.

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