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Originales

“Ansibles, perfiladores y otras máquinas del ingenio”: el libro de Andrea Chapela sobre una CDMX post apocalíptica

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El libro de cuentos futuristas sobre un destino que cada vez se siente menos como un horizonte distópico y cada vez más como una condena.

La tradición ciencioficcionista que nos ofrecieron Stanley Kubrick en su Space Odissey 2001 (1968) y Julio Verne en su vasto catálogo siempre giro entrono a objetos: la computadora madre SAL-3000, cohetes espaciales, globos aerostáticos, submarinos y espacios automatizados fueron el fetiche de la ingeniería durante varios siglos; o por lo menos hasta que nos dimos cuenta que nuestro futuro no sería tan deslumbrante ante la misión de simplemente sobrevivirlo.

Entonces tuvimos que leer a Isaac Asimov o estremecernos con Black Mirror para entender que la clave esta(rá) en adaptarnos a un sistema que aspira a controlar hasta nuestros propios sueños.

Ahí, en medio de esos dos polos contrastante del futuro está la brillante Andrea Chapela y su Ansibles, Perfiladores y Otras Máquinas del Ingenio (Almadía, 2021), esa colección de cuentos que fungen como avistamiento íntimo de la sociedad de la Ciudad de México cuando el tiempo la alcance.

Retrato de Andrea Chapela

Sí: objetos; pero, ¿cómo seremos ante esos objetos? ¿cómo amaremos? ¿cómo construiremos amistades? ¿qué haremos en caso de vernos en la necesidad de olvidar? ¿a dónde irá la culpa en cuartos controlados por Alexas?

A lo largo de sus diez relatos Andrea Chapela nos pone frente esas disyuntivas en contextos ultraespecíficos capaces de ser universales: un departamento en Polanco o una persecución en Tlalpan.

Este, visto desde el presente que en realidad será pasado, resulta una obra ineludible ahora que el futuro es el orígen de nuestros pesimismos y la única oportunidad que nos queda en la ciudad que es capaz de hacerte sentir tan insignificante como una hormiga o tan altivo como un rey en cuestión de horas.

“Desde las fronteras de la vida cotidiana hasta el espacio exterior (o interior), repleta de grandes ideas y personajes entrañables, la obra de Andrea Chapela es extraordinaria en un momento en el que las escritoras dominan la literatura en español”.

-Alberto chimal

Arte

WARP Tour presenta Damien Hirst en el Museo Jumex: Apocalipsis Ahora

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Visitamos la recién estrenada exposición de Damien Hirst en el Museo Jumex de la Ciudad de México y esta fue nuestra experiencia.

El hombre en el elevador que nos subirá al inicio de la exposición se dirige a todos con un entusiasmo sospechoso. Nos exige responder a gritos y con el mismo nivel de energía para confirmar que hemos escuchado sus indicaciones. 

Es un augurio de lo que se avecina.

Una superestrella para celebrar los diez años de un Salón de la Fama 

En el título de este texto se promete una cosa; pero lo cierto es que, al menos ante estos ojos, lo más importante de la exposición de Damien Hirst en el Museo Jumex de la Ciudad de México no son las piezas por sí mismas, sino lo que éstas ocasionan. 

Porque de la curaduría y la museografía de Vivir Para Siempre (Por Un Momento) las conclusiones -como ya nos tiene acostumbrados dicho recinto- son contundentes y directas: una exposición retrospectiva de un artista consagrado y muy mediático que funciona como recopilación de Greatest Hits, en teoría capaz de estimular al juicio casual y al experto.

Pero ahí está la clave: la estimulación. Justo después de abandonar el elevador del hombre sospechosamente enérgico, el público se apura como hormigas que han encontrado una dona abandonada.

Inundan la sala e ignoran todo orden recomendado, incluso sin darse cuenta de la existencia de los textos curatoriales.

De inmediato, la exposición cumple su primera gran promesa: La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo aparece al centro de la sala, la célebre pieza del artista británico que pone el cadáver real de un tiburón dentro de una suerte de cápsula rectangular con una construcción que da la impresión de que el animal está vivo y lo vemos dentro de una pecera.

Se hacen filas para tomarse esa foto en la que simulan que el tiburón está a punto de arrancarles la cabeza. 

Una vez cumplida la misión, esa gente empieza a ver a su alrededor, curiosa de descubrir al famoso tiburón. Más animales que simulan estar vivos. Anaqueles de consultorio médico con utensilios impecables. Más tiburones, ahora partidos a la mitad para verles las tripas opacas al descubierto. Un muro gigante que simula millones de diamantes y que bien podría ser un escaparate del Palacio de los Palacios.

Todo al mismo tiempo en todas partes. Y la gente responde: empieza a caminar más rápido, con una postura agresiva, escaneando las obras de arriba hacia abajo sin pasar más de tres segundos frente a ellas. 

De hecho, sólo aquellas sobre animales ex-vivos y alguna que otra con movimiento generan atención real. Las demás, por su carácter tan aparentemente cotidiano, son testigos del desprecio de la audiencia.

Tik Tok en la vida real.

En la segunda sala se repite la dinámica. La gente se mueve en el espacio cada vez más rápido. Se hacen pequeños tumultos en algunas piezas. Hay fascinación, confusión y hasta asco. 

Ahora son los ceniceros gigantes los que que ganan la carrera de la atención. La continuación de la serie Natural History de Hirst no tiene el mismo éxito que el tiburón porque ahora se trata de una vaca y ver a la vaca abierta exactamente por la mitad nos recuerda que apenas el domingo pasado nos comimos esa misma “pancita” en un caldo picoso y colorado. 

Sus ojos abiertos y esa lengua salida nos hacen sentir culpables.

Y entonces, un paréntesis para sí retomar el eje discursivo en la obra de Damien Hirst: la vida y la muerte, la convivencia con el caos, los destinos inevitables… El respeto equitativo por las sensaciones satisfactorias y las incómodas.

La crítica a nuestro especismo no es el único señalamiento que hace Hirst y tampoco el único que ignoramos: arriba, en la sala que abre el recorrido, también fuimos indiferentes a las reflexiones sobre la salud mental, el consumismo desmedido, a nuestra priorización de la estética por encima de la empatía y a nuestro rechazo por lo simple.

Hacia la última parte del recorrido, vemos la faceta plástica más tradicional de Hirst, enfocada en la pintura y la escultura.

Hay menos piezas que en las primeras salas. La mayoría, caracterizadas por su naturaleza grotesca e intimidante que acentúan la imperfección de los humanos, tanto por dentro como por fuera. 

Ahora el show se lo roba el escenario: un balcón con vista al glamoroso Polanco, con todo y la postal siempre llamativa del Museo Sumoaya de fondo. 

El escándalo promovido por aquel hombre en el elevador ahora es nada entre los sonidos de los coches que van de un lado a otro en esta zona de la ciudad. 

Independientemente de lo relevante que es tener una exposición de este calibre de un artista como Damien Hirst, Vivir Para Siempre (Por Un Momento) es una analogía del apocalipsis que hemos decidido ignorar para que nuestra propia destrucción sea menos hostil.

Tras darnos cuenta que nuestro final no será vía aquel cataclismo absoluto de corte hollywoodense sino a través de una agonía prolongada en el despojo de lo más elemental, cualquier cosa es placebo.

Y esto no es una diatriba contra las fotos ni contra la hiper estimulación que nos ha quitado nuestra capacidad de atención… Esto, es un llamado de emergencia.

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Musica

Reseña de nuestro Disco de la Semana: Only God Was Above Us de Vampire Weekend

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En este espacio plantearemos una reflexión en torno al que consideramos el disco más relevante de la semana. En esta entrega: Only God Was Above Us de Vampire Weekend.

¿Qué tanto ha ocurrido en cinco años en el mundo? Varias guerras, muchas muertes, algunas enfermedades pero también fenómenos astrológicos impresionantes, solidaridad humana y distintas formas de apreciar la vida. De eso trata el existir: Tomar lo bueno para contrarrestar lo malo y aprender de ello.

En este panorama, cinco años después de su predecesor directo, Father of the Bride (2019), llega el quinto disco de una de las bandas que ha definido no solo el sonido alternativo de los 2010s, sino también el consciente colectivo de toda una generación, ahora ya conocidos como millenials. Vampire Weekend ha aprendido, ha amado, ha llorado, pero, sobre todo, ha reflexionado acerca de la vida en sus tonos más claros como en los oscuros. Y lo mejor es que en su camino nos han invitado.

Only God Was Above Us (2024) es prueba de todo lo anterior. Este disco llega en uno de los momentos más álgidos del ser, al menos para quienes creen en energías del cambio. El eclipse solar del 08 de abril combinado con este sentimiento nostálgico que deja el disco del trío crea una experiencia única. De hecho la banda presentó hace unas horas un concierto durante este fenómeno solar en Texas. Pero a eso volveremos más adelante.

Sigamos caminando

Es impresionante escuchar cómo pasan los años y Vampire Weekend sigue prosperando y mejorando su sonido base. Claro que ya no son los mismos que lanzaron el Contra (2010) o el Modern Vampires of the City (2013), pero hay ciertas canciones de este nuevo en que suenan inspiraciones de estas etapas pasadas. Retomamos aquí el principio de tomar lo mejor del pasado para enfocarlo en un futuro.

Only God Was Above Us (2024) muestra sentimientos caóticos, crudos, desoladores, pero con algo de esperanza y nostalgia dentro de ellas. Vampire Weekend sabe que ya no son los jóvenes que fueron en su disco debut. Y saben que sus oyentes, que crecieron junto a ellos, ya tampoco lo son. ¿Entonces de qué va el disco?

Realmente interpretaciones hay muchísimas, pero Only God Was Above Us (2024) nos presenta un paisaje sonoro conceptual que aborda las nuevas realidades que hemos ido creando con el paso del tiempo. No es bueno vivir de la nostalgia, esperando que todo vuelva a ser como antes, eso lo sabe la banda. Por eso lo aborda de una forma simple y llana.

Canciones como ‘Capricorn’ o ‘Gen-X Corps’ marcan esa tendencia hacia la reflexión generacional. Pero no negándose al cambio. Porque Vampire Weekend no es así. Vampire Weekend es una banda muy madura emocionalmente que sabe cuando es tiempo de algo. En este caso, el trío sabe que es la hora de crecer, de madurar y de volverse adultos. Este cambio generacional llega de golpe, y sin aviso. Only God Was Above Us (2024) nos delimita el límite, y nos obliga, de buena manera, a regocijarnos con lo que pasó, pero a seguir el camino.

Un nuevo amanecer

Regresando a lo del principio: ¿Qué tiene que ver un eclipse con el nuevo disco de Vampire Weekend? Quizá podramos interpretarlo como el inicio de una nueva era. Para la banda es obvio que se trata de algo así, pues cada nuevo disco, plantea una nueva manera de trabajar en torno a este trabajo artístico. Pero más allá de eso, un eclipse es también el “renacimiento” de algo según algunas creencias.

En este caso, y tomando como objeto todo lo que hemos abordado anteriormente, Only God Was Above Us (2024) es realmente la puerta de despedida a lo acontecido y el portal hacia el nuevo mundo, o personas, en la que ya estamos convertidos. No se trata tampoco de soltar y olvidar, sino de mantenerlas con nosotros de alguna manera más sana para el propio desarrollo futuro.

Vampire Weekend siempre se ha caracterizado por crear ecosistemas nostálgicos y melancólicos, y este disco es impresionantemente el que mejor lo ha hecho en toda su discografía. Además, en términos sonoros, Only God Was Above Us (2024) es cautivador por preservar la esencia química de la banda, pero sin dejar de lado experimentaciones como el jazz o el hip hop, pero siempre sobre la base del rock alternativo (aunque sea contraproducente delimitar a Vampire Weekend en un género).

Cautivador y melancólico

Only God Was Above Us (2024) podría ser entonces el mejor disco de Vampire Weekend hasta la fecha, aunque eso sería decir mucho, teniendo una obra maestra como lo fue Modern Vampires of the City (2013), pero este nuevo material cobra todavía más sentido por fungir un papel atmosférico que logra musicalizar la vida de toda una generación, así como momentos caóticos pero necesarios en la colectividad.

Aún habrá que darle tiempo para ver cómo se termina de gestar este disco, pero en retrospectiva es una experiencia sonora increíble, llena de momentos de reflexión y enajenación de la realidad, volviéndonos celosos de lo que sentimos al guardarlo en nuestra imaginación mientras el trío navega en nuestras cabezas. 

Las melodías de Vampire Weekend siguen siendo bastante académicas y sofisticadas, pero no por eso son difíciles de consumir. Esa es la magia del trío neoyorquino: El cómo logran transportar sonidos, y principalmente ideas, tan complicadas y confusas en música tan potente en mensaje pero suave en digestión.

Para ir concluyendo esto, y cerrando con todo el discurso aquí presentado, Only God Was Above Us (2024) cierra con la canción llamada ‘Hope’, una melodía de por más nostálgica. Aquí se marca el fin del ciclo, pero el comienzo de uno nuevo. No hay porqué llorar, pero si es necesario, hagámoslo, porque quiere decir que ese sentimiento es real. Pero una vez terminando, levantemos la cabeza y afrontemos lo que viene. Así es la vida, y estamos bendecidos por seguir aquí intentándolo, un paso a la vez.

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Musica

Reseña de Nuestro Disco de la Semana: Cowboy Carter de Beyonce

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En este nuevo espacio plantearemos una reflexión en torno al que consideramos el disco más relevante de la semana. En esta entrega: Cowboy Carter de Beyonce.

Cualquier cosa en la que esté involucrada Beyonce es sinónimo de atención multitudinaria inmediata, incluso si se trata de un disco fundamentado en el género del mainstream norteamericano con más apego riguroso a su propia tradición sonora: el Country. 

Tan estrictos y conservadores son los códigos del Country respecto a su musicalidad y a su discurso que, quizá, su última gran revolución fue hace más de 40 años, cuando Dolly Parton rompió los paradigmas del género como relator de la vida americana alejada de las urbes para convertirlo en una plataforma de historias Pop sobre el amor y los corazones rotos.

Aunque en tiempos recientes la industria lo ha intentado aligerar para su acercamiento con nuevas generaciones a través de proyectos muy mediáticos (la primera etapa de Taylor Swift, ni más ni menos) o con el filtro del Rock/Pop (escúchese a Lady Antebellum o Blake Shelton), en esencia sigue estando más cerca de 1960 que de 2024.

Aquí es donde aparece Beyonce y su más reciente producción discográfica: Cowboy Carter, el segundo álbum dentro de una trilogía de la que no tenemos del todo claras las reglas ni lineamientos de su propio universo pero que tiene un objetivo claro: la reivindicación de la comunidad afroamericana en la historia de movidas musicales generalmente asociadas a los blancos.

Así lo hizo en Renaissance (2022) y la revisión cronológica de la cultura de los clubes nocturnos, y así parece intentarlo en Cowboy Carter, no solo respecto al estudio del Country como un género negro; sino también desde su intimidad con el Soul, el Folk, el Blues y el Góspel.

Planteada la declaración de intenciones, este disco es necesario abordarlo en tres fases: su conceptualización, su ejecución y el puente entre ambas. O sea: lo que dice ser, lo que busca ser y lo que termina siendo, sobre todo porque en el tejido de esa estructura es donde está la clave de sus matices.

Lo que dice ser

Según la misma Beyoncé, la inquietud por hacer este disco surgió hace casi ocho años, cuando acudió a los Country Music Association Awards para interpretar uno de los tantos éxitos de su álbum Lemonade (2016): “Daddy Issues”, un track Country/Folk que fue muy bien recibido por la industria pero que el universo de dicho género sintió como una intrusión oportunista en un campo que no le correspondía.

No está de más decir que esa posición buscaba disimular una postura racista, sobre todo en el año en el que Trump acababa de ascender al poder, precisamente, gracias a esa clase de mensajes.

El rechazo fue tan obvio que Beyonce lo percibió y a partir de ahí empezó a incubar un deseo de venganza. Mientras desarrollaba otras producciones, Queen B cuenta que se involucró en un proceso personal de más de cinco años en los que exploró la historia de la música afroamericana y, particularmente, del Country, el Folk, el Blues, el. Soul y el Gospel.

Dicho proceso es la semilla de Cowboy Carter, que además “llega en un momento muy afortunado” para la cultura Pop y las tendencias de consumo dado el auge de la estética vaquera, algo que el diseñador Raf Simons vaticinó en 2017 en su primera colección para Calvin Klein y que Pharrell Williams ha llevado a su máxima expresión a principios de este año con su pasarela de verano para Louis Vuitton.

En su disco, Beyonce lo hace muy explícito desde la portada: no solo por el caballo -que parece ser el eje conductor de la trilogía- sino por la presencia de elementos totalmente asociados con la vida campirana como las botas, el sombrero y las chaquetas, todos ellos encumbrados por un detalle no menor: los colores de la bandera estadounidense en una intensidad que ahora es muy fácil asociar a la campaña de Trump a partir de la sátira.

Lo que buscó ser

A estas alturas, cuestionar la calidad en la ejecución de un disco de Beyonce sería prácticamente una pérdida de tiempo: primero, por el talento vocal e interpretativo con el que nació; después, por el nivel de colaboradores de los que se rodea, y finalmente pero no menos importante, por el presupuesto casi ilimitado que le permite grabar donde quiera, cuando quiera, con paciencia y una atención al detalle que pocos pueden tener.

Por eso, bajos los estándares de Beyonce, una buena materialización de sus ideas ya no es un logro sino una obligación.

Sin embargo, además de ser un disco con una manufactura muy fina y pulcra, Cowboy Carter es muy entretenido. Lo cual sí es una victoria considerando que es un álbum de más de una hora que parte de géneros que no son los más populares de la actualidad.

Y esa victoria se engrandece gracias a la que quizá sea la mayor virtud del disco: la gestión y contención de emociones. Recordemos que Beyoncé viene de tres bombas atómicas (Lemonade, The Carters y Renaissance) que la han marcado como una figura trepidante y eufórica, por lo que verla en esta faceta no solo nos recuerda su eclecticidad, también  amplia su propio rango hacia terrenos más minimalistas y solemnes.

Lo que termina siendo 

El problema con Cowboy Carter es que la distancia entre lo que dice ser y lo que realmente es terminó siendo es amplia. 

Porque si bien al oído resultó ser una obra bellísima de escuchar, no termina por cumplir su cometido de reivindicar a la comunidad afroamericana dentro de la historia del Country.

De hecho, en varios pasajes parece que hace exactamente lo contrario, ya que constantemente termina aludiendo al canon blanco del género: desde los nombres con los que colabora (Willie Nelson, Dolly Parton, Willie Nelson y Miley Cyrus) hasta las referencias que emplea, en las que a través de covers, sampleos e interpolaciones alimenta la percepción ya establecida del Country: “Jolene”, “Blackbird”, “Thess Boots Are Made For Walking” entre otras.

Una serie de recursos que incluso pecan en lo obvios y que tampoco dan señales de estar ahí como una ironía. Y es que si alguien tenía la influencia y la credibilidad para poner sobre la mesa otras canciones, otros nombres, esa era Beyonce.

Pero el foco no debe estar en lo que nos hubiese gustado que presentara sino en lo que sí está:

En esa mencionada victoria dentro de la ejecución, sus armonías -por decir un ejemplo- tienen un planteamiento vocal muchos más cercano a los Beach Boys y a Bobby Gentry que a Charly Pride y Linda Martell.

Por lo que en la concepción final del álbum, más que una ruta pedagógica por reconstruir un origen cultural (y por lo tanto, colectivo) del Country negro, lo que consiguió Beyonce fue una suerte de venganza personal en la que al final del camino tiene los argumentos para decir “puedo jugar su juego e incluso hacerlo mejor que ellos”. 

E incluso en el rigor de ese Country blanco, la mayor parte del álbum es más bien una obra de Pop acústico contemporáneo, muy en el tono de la Taylor Swift de Folklore o de Mitski en su más reciente disco. 

Lo cual no es malo en absoluto, pero no refrenda lo que buscaba Beyonce. O al menos lo que dio a entender que buscaba.

Eso sí: bajo el entendimiento menos ortodoxo del Country, Cowboy Carter sí podría significar una nueva puerta para el género en la que, paradójicamente a lo que se dijo hace un par de párrafos, la diversidad sonora de la Música afroamericana sí tendrá un lienzo ideal para desarrollarse, algo que no sería del todo nuevo (guiño a Lil Nas X) pero sí establecería un precedente para que más artistas negros se interesen.

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