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Reseña de la clausura de DOT.DAYNIGHT con Intus, Answer Code Request, Romarey y Diego Vega Solorza

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Este sábado 04 de noviembre llegó a su fin la primera edición del festival DOT.DAYNIGHT y, para cerrar por todo lo alto, vivimos una experiencia inmersiva en la que InSpace, el espacio polifacético de Intus acogió tres actos de categoría mundial con lo más vanguardista del Techno, las Artes escénicas y las Artes sensoriales.

Después de prácticamente una semana muy intensa de actividades multidisciplinarias en todos los frentes de interés del festival DOT.DAYNIGHT, el momento cumbre llegó con la clausura en el espacio hogar de Intus, ubicado en Pestalozzi 35, en Piedad Narvarte de la Alcaldía Benito Juárez.

El programa definitivo de la última fecha de DOT.DAYNIGHT apostó por un tándem ambicioso que sintetizó la energía sincrética y oscura que gobernó la identidad curatorial del festival, cimentada en sus ejes principales: música, inmersión y performance.

Durante las casi cinco horas de duración del evento, lo que vivimos fue mucho más complejo que una fiesta tradicional de cierre de actividades: tanto Answer Code Request y Romarey como Diego Vega Solorza y ”The Swan” -la pieza fijada por Intus- se fundieron en un diálogo sinérgico donde las reacciones de cada uno dinamitaron un toma y daka de estímulos multisensoriales en el que, sin perder su núcleo característico e individual, parecían hechos el uno para el otro… Consecuentes y complementarios.

Primero, desde la posición del increíble sonido de Patrick Gräser, mejor conocido como Answer Code Request ,un talentoso DJ y productor que ofreció un set muy potente, lleno de texturas modernistas del Techno que vincularon los orígenes del género con su futuro.

Por un momento, el espacio de Intus no solo se mimetizó con la energía de Berghain, sino que en relación con los visuales que lo rodeaban, nos transportó a una suerte limbo alucinante y agresivo.

Romarey, en esta dicotomía sonora de luminosidad y penumbra, tocó un set que fungió como analogía de la decadencia y reconstrucción del ser en relación al movimiento como única naturaleza irreprochable de la existencia misma.

Como premisa parecerá exagerado; pero la comunión con todos los demás elementos la hacían ver cual heraldo del tiempo y la memoria en medio de ese frenesí de imágenes y secuencias caóticas.

Su participación estuvo marcada por experimentación, que tomo como punto de partida su estilo Mental que extiende a través de subtergios en el manejo de los tempos.

Diego Vega Solorza fue el catalizador de la locura. En una puesta cimentada en la intuición y el uso estratégico del espacio, su presencia se sintió como si fuera una compañía completa; y gracias al diseño de luces y proyecciones, durante varios pasajes tenía similitudes con un espectro que va y vienes entre las sombras y el suelo.

Su indumentaria, que parecía hacer referencia a los caballeros milenarios del imperio japonés, rompieron la reflexión metafísica previamente relatada para transportarnos al terreno de la ficción sin la necesidad de establecer literalmente una narrativa fija.

Para bien o para mal, una experiencia a la que las palabra no le hacen justicia pero que definitivamente cuestiona los alcances del cuerpo y su expresión estética.

Y finalmente ”The Swan”, la pieza maestra de Intus que encumbró todo: glitches, imágenes maximalistas, distorsión y manipulación de la luz y la oscuridad, colores que iban de la sensación astronómica al delirio…

Que por momentos se materializaba en calcas materiales de la naturaleza como animales y paisajes, y sin avisar se colocaba en la abstracción geométrica y la alteración espacial.

Después de este frenesí de velocidades y curvas emotivas, DOT.DAYNIGHT llegó al final de su primera edición ya con un legado para la posteridad: el de una pasión desbordante por cuestionar los monstruos y los ángeles que nos conforman desde un punto de vista discursivo, estético, ideológico y de percepción.

Con la esperanza de volver para 2024, DOT.DAYNIGHT es una promesa de vanguardia en toda la amplitud de su concepto.

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Muere O.J. Simpson a los 76 años tras batalla contra el cáncer

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Según los informes de la familia de O.J. Simpson, protagonista del juicio criminal del siglo, miembro del Salón de la Fama del Fútbol Americano, ex comentarista deportivo y actor, murió el 10 de abril de 2024 después de pelear contra el cáncer.

La familia de Simpson lo anunció en la cuenta oficial X (antes Twitter) con el siguiente comunicado:

“El 10 de abril, nuestro padre Orenthal James Simpson, sucumbió a su batalla contra el cáncer. Estaba rodeado de sus hijos y nietos al momento. Durante este tiempo de transición, su familia le pide que respete sus deseos de privacidad y gracia”.

Simpson se convirtió en una figura controvertida después de que fue acusado de la muerte a puñaladas de su ex esposa, Nicole Brown Simpson, y su amigo, Ronald Goldman, en 1994, pero que fue declarado inocente en lo que conocimos como “el juicio del siglo”, en gran parte gracias al trabajo de su abogado Robert Kardashian, un juicio que rompió récord de audiencia en la TV nacional de los Estados Unidos.

Conocido con el sobrenombre de “The Juice”, Simpson era un corredor estrella de la Universidad del Sur de California y jugó 11 temporadas de fútbol americano profesional y acumuló numerosos elogios, convirtiéndose en uno de los deportistas de la época y de la liga.

Simpson ganó el Trofeo Heisman, el máximo honor en el fútbol americano universitario, en 1968 antes de dar el salto a la NFL un año después como la primera selección del draft de los  Bills de Búfalo.

Es muy irónico que Simpson tras quedar libre en el juicio del siglo, acabó finalmente en prisión en un caso no relacionado al juicio del siglo, llegando a cumplir 9 años de una condena de hasta 33 años tras ser encontrado culpable por cargos relacionados con un robo a mano armada en 2007 en Las Vegas, en el que él y otros intentaron robar a punta de pistola, objetos que Simpson dijo eran piezas de su propia memorabilia deportiva y finalmente se le concedió la libertad condicional en 2017.

Ese mismo año en 2017, la saga del juicio fue reexaminada en The People v. O.J. Simpson: American Crime Story, en la que Cuba Gooding Jr. interpretó a Simpson, y OJ: Made in America, que ganó el Premio de la Academia de 2017 al mejor documental.

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James Blake toma las riendas de su carrera: Se independiza y deja atrás las disqueras

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El reconocido músico británico James Blake ha decidido dar un giro radical a su trayectoria artística al desligarse de cualquier sello discográfico, particularmente Republic Records con quien llevaba años trabajando. Así lo anunció el propio artista a través de sus redes sociales, donde compartió un comunicado oficial con sus fans.

En el comunicado dado por él mismo, Blake expresa su deseo de tomar mayor control sobre su música y su carrera en general. Asegura que este cambio le permitirá explorar nuevos caminos creativos sin las restricciones que suelen imponer las disqueras.

Blake deja atrás una exitosa relación con el sello discográfico Republic Records, bajo el cual publicó cuatro álbumes de estudio, incluyendo el aclamado The Colour in Anything (2016) y el más reciente Playing Robots Into Heaven (2023).

La noticia llega semanas después de que Blake criticara la “manipulación” de la industria musical hacia los mismos oyentes, y cómo los artistas no ganan lo merecido: “Los servicios de streaming no pagan lo que realmente deberían, TikTok no paga correctamente, los sellos quieren cada vez porcentajes más grandes y las giras se están volviendo cada vez más caras”.

Este movimiento hacia la independencia es una tendencia cada vez más común en la industria musical actual. Artistas como Beyoncé y Taylor Swift, por mencionar algunos, han optado por desligarse de las grandes disqueras para tener mayor control sobre su música y sus negocios.

La decisión de James Blake es un paso importante en su carrera y abre la puerta a nuevas posibilidades creativas. Sus fans esperan con entusiasmo escuchar su nueva música y ver cómo se desarrolla su carrera en esta nueva etapa de independencia.

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Arte

WARP Tour presenta Damien Hirst en el Museo Jumex: Apocalipsis Ahora

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Visitamos la recién estrenada exposición de Damien Hirst en el Museo Jumex de la Ciudad de México y esta fue nuestra experiencia.

El hombre en el elevador que nos subirá al inicio de la exposición se dirige a todos con un entusiasmo sospechoso. Nos exige responder a gritos y con el mismo nivel de energía para confirmar que hemos escuchado sus indicaciones. 

Es un augurio de lo que se avecina.

Una superestrella para celebrar los diez años de un Salón de la Fama 

En el título de este texto se promete una cosa; pero lo cierto es que, al menos ante estos ojos, lo más importante de la exposición de Damien Hirst en el Museo Jumex de la Ciudad de México no son las piezas por sí mismas, sino lo que éstas ocasionan. 

Porque de la curaduría y la museografía de Vivir Para Siempre (Por Un Momento) las conclusiones -como ya nos tiene acostumbrados dicho recinto- son contundentes y directas: una exposición retrospectiva de un artista consagrado y muy mediático que funciona como recopilación de Greatest Hits, en teoría capaz de estimular al juicio casual y al experto.

Pero ahí está la clave: la estimulación. Justo después de abandonar el elevador del hombre sospechosamente enérgico, el público se apura como hormigas que han encontrado una dona abandonada.

Inundan la sala e ignoran todo orden recomendado, incluso sin darse cuenta de la existencia de los textos curatoriales.

De inmediato, la exposición cumple su primera gran promesa: La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo aparece al centro de la sala, la célebre pieza del artista británico que pone el cadáver real de un tiburón dentro de una suerte de cápsula rectangular con una construcción que da la impresión de que el animal está vivo y lo vemos dentro de una pecera.

Se hacen filas para tomarse esa foto en la que simulan que el tiburón está a punto de arrancarles la cabeza. 

Una vez cumplida la misión, esa gente empieza a ver a su alrededor, curiosa de descubrir al famoso tiburón. Más animales que simulan estar vivos. Anaqueles de consultorio médico con utensilios impecables. Más tiburones, ahora partidos a la mitad para verles las tripas opacas al descubierto. Un muro gigante que simula millones de diamantes y que bien podría ser un escaparate del Palacio de los Palacios.

Todo al mismo tiempo en todas partes. Y la gente responde: empieza a caminar más rápido, con una postura agresiva, escaneando las obras de arriba hacia abajo sin pasar más de tres segundos frente a ellas. 

De hecho, sólo aquellas sobre animales ex-vivos y alguna que otra con movimiento generan atención real. Las demás, por su carácter tan aparentemente cotidiano, son testigos del desprecio de la audiencia.

Tik Tok en la vida real.

En la segunda sala se repite la dinámica. La gente se mueve en el espacio cada vez más rápido. Se hacen pequeños tumultos en algunas piezas. Hay fascinación, confusión y hasta asco. 

Ahora son los ceniceros gigantes los que que ganan la carrera de la atención. La continuación de la serie Natural History de Hirst no tiene el mismo éxito que el tiburón porque ahora se trata de una vaca y ver a la vaca abierta exactamente por la mitad nos recuerda que apenas el domingo pasado nos comimos esa misma “pancita” en un caldo picoso y colorado. 

Sus ojos abiertos y esa lengua salida nos hacen sentir culpables.

Y entonces, un paréntesis para sí retomar el eje discursivo en la obra de Damien Hirst: la vida y la muerte, la convivencia con el caos, los destinos inevitables… El respeto equitativo por las sensaciones satisfactorias y las incómodas.

La crítica a nuestro especismo no es el único señalamiento que hace Hirst y tampoco el único que ignoramos: arriba, en la sala que abre el recorrido, también fuimos indiferentes a las reflexiones sobre la salud mental, el consumismo desmedido, a nuestra priorización de la estética por encima de la empatía y a nuestro rechazo por lo simple.

Hacia la última parte del recorrido, vemos la faceta plástica más tradicional de Hirst, enfocada en la pintura y la escultura.

Hay menos piezas que en las primeras salas. La mayoría, caracterizadas por su naturaleza grotesca e intimidante que acentúan la imperfección de los humanos, tanto por dentro como por fuera. 

Ahora el show se lo roba el escenario: un balcón con vista al glamoroso Polanco, con todo y la postal siempre llamativa del Museo Sumoaya de fondo. 

El escándalo promovido por aquel hombre en el elevador ahora es nada entre los sonidos de los coches que van de un lado a otro en esta zona de la ciudad. 

Independientemente de lo relevante que es tener una exposición de este calibre de un artista como Damien Hirst, Vivir Para Siempre (Por Un Momento) es una analogía del apocalipsis que hemos decidido ignorar para que nuestra propia destrucción sea menos hostil.

Tras darnos cuenta que nuestro final no será vía aquel cataclismo absoluto de corte hollywoodense sino a través de una agonía prolongada en el despojo de lo más elemental, cualquier cosa es placebo.

Y esto no es una diatriba contra las fotos ni contra la hiper estimulación que nos ha quitado nuestra capacidad de atención… Esto, es un llamado de emergencia.

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