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Arte

En búsqueda de la pintora Estrella Carmona: la artista de los destinos industriales y los robots tristes

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Nos adentramos en la obra de Estrella Carmona, la artista plástica veracruzana que a través de sus obras nos transportó a un mundo desolador entre escenarios de guerra y fábricas que se adueñan de nuestros horizontes.

Nacida un día de las madres de 1962, Estrella Carmona Ronzón llegó al mundo con Veracruz como intermediario. Desde muy temprana edad demostró ser un prodigio para el dibujo y apenas a los 10 años ya era becada de la Escuela de Artes Plásticas de su estado.

A los 16 ingresa a La Esmeralda, donde permanece seis años antes de iniciar labores en el Museo Carrillo Gil como co-directora del programa infantil de talleres junto a Luciano Spano. De manera paralela se desarrollo en los campos académicos de la Etnografía y la Filosofía en la ENAH y el Claustro de Sor Juana respectivamente, ciencias que terminarían por influir los tópicos centrales de su obra. Hacia finales de la década de los 80 recibe la invitación para hacer una residencia en la Edward F. Albee Foundation, donde asienta su propuesta en la conjugación de corrientes de finales del s. XIX con temas contemporáneos.

Perteneció a la generación del Neo-expresionismo mexicano que padeció el terremoto de 1985, la crisis económica de 1995 y la llegada de los tecnócratas al poder, lo que sembró en ella un dejo de pesimismo que se convertiría en la inquietud por abordar problemáticas como la relación entre tecnología y sociedad, centrada en la deshumanización de las sociedades que se moldearon a partir de sistemas ultra industriales; así como una reflexión sobre aquello que consideramos progreso según la automatización de las actividades cotidianas.

Como una premoción, retrato los potenciales efectos de la inteligencia artificial en las personas, a partir de la influencia filosófica de las premisas de Nietzsche, Kierkegaard, Schopenhauer y Spinoza. A nivel visual, existe un vínculo notorio entre Estrella y José Clemente Orozco, sobre todo en la expresividad y potencia de sus pinceladas.

Esta preocupación por los efectos de la actividad económica industrializada le surgió desde la infancia:

“En mi niñez veracruzana me gustaba mucho ir a los astilleros, donde se forman cementerios de elefantes en los que botan todos los desechos de los barcos y herramientas de gran tamaño. Ahí podíamos ver cómo oxidaban, cual dinosaurios de hierro… Restos arqueológicos de gigantes que las próximas generaciones se encontrarán como nuestros vestigios. De todo ello salió mi preocupación por la industria, que es como la síntesis de nuestro tiempo, de lo que vive actualmente el hombre”.

Carmona empleaba el concepto de ”Imperio de la violencia”, del que emanaba una imagen humanoide, dañada, de la que al principio no lograba desvincularla de su denotación eróticoa, por lo que decidió reconfigurar sus protagonistas y guiarlos al terreno del posthumanismo mediante la representación de robots y cyborgs.

La crítica en la obra de Carmona no permitía centímetros de esperanza porque prefería retratar desde lo apocalíptico e irreversible, agobiada por desencanto existencial y las hecatombes que acaban con la felicidad. Ella describía su obra como “posmoderna” y “realista crítica”, del mismo seno gráfico de Emil Nolde o James Ensor.​

Su producción fue multidisciplinaria e incluyó animaciones digitales, gráfica en papel y el dibujo. Era entusiasta de los planos abiertos, las figuras masivas, las siluetas y los contornos que evidenciaban la magnitud de las problemáticas.

Al estudiar su obra, podemos encontrar dos eras muy delimitadas: primero, la explotación de lo monocromático; y después, el dramatismo en la intensidad de colores vivos que potenciaran la derrota de un mundo de máquinas sin humanos. ​De igual manera, se valía de los contrastes y las sombras espesas.​ Era de brocha violenta, ancha, de trazo con espátula y mucha potencia en cada despliegue de su técnica.

Siempre reconocida por la escena mexicana, fue becada cuatro veces por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes; e incluso fungió como tutora de algunos proyectos. Recibió condecoraciones de parte del Salón Nacional de Artes Plásticas y por distintas bienales , entre ellas la de Monterrey y la de Rufino Tamayo.

A lo largo de su vida logró posicionar dieciséis muestras individuales y mostró sus piezas en otros países como Estados Unidos, Cuba, Chile, Ecuador, España, Francia, República Dominicana, Sudáfrica, Italia y la desaparecida Yugoslavia.

Falleció en la Ciudad de México, víctima de cáncer, un día antes de cumplir 50 años.

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WARP Tour presenta Damien Hirst en el Museo Jumex: Apocalipsis Ahora

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Visitamos la recién estrenada exposición de Damien Hirst en el Museo Jumex de la Ciudad de México y esta fue nuestra experiencia.

El hombre en el elevador que nos subirá al inicio de la exposición se dirige a todos con un entusiasmo sospechoso. Nos exige responder a gritos y con el mismo nivel de energía para confirmar que hemos escuchado sus indicaciones. 

Es un augurio de lo que se avecina.

Una superestrella para celebrar los diez años de un Salón de la Fama 

En el título de este texto se promete una cosa; pero lo cierto es que, al menos ante estos ojos, lo más importante de la exposición de Damien Hirst en el Museo Jumex de la Ciudad de México no son las piezas por sí mismas, sino lo que éstas ocasionan. 

Porque de la curaduría y la museografía de Vivir Para Siempre (Por Un Momento) las conclusiones -como ya nos tiene acostumbrados dicho recinto- son contundentes y directas: una exposición retrospectiva de un artista consagrado y muy mediático que funciona como recopilación de Greatest Hits, en teoría capaz de estimular al juicio casual y al experto.

Pero ahí está la clave: la estimulación. Justo después de abandonar el elevador del hombre sospechosamente enérgico, el público se apura como hormigas que han encontrado una dona abandonada.

Inundan la sala e ignoran todo orden recomendado, incluso sin darse cuenta de la existencia de los textos curatoriales.

De inmediato, la exposición cumple su primera gran promesa: La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo aparece al centro de la sala, la célebre pieza del artista británico que pone el cadáver real de un tiburón dentro de una suerte de cápsula rectangular con una construcción que da la impresión de que el animal está vivo y lo vemos dentro de una pecera.

Se hacen filas para tomarse esa foto en la que simulan que el tiburón está a punto de arrancarles la cabeza. 

Una vez cumplida la misión, esa gente empieza a ver a su alrededor, curiosa de descubrir al famoso tiburón. Más animales que simulan estar vivos. Anaqueles de consultorio médico con utensilios impecables. Más tiburones, ahora partidos a la mitad para verles las tripas opacas al descubierto. Un muro gigante que simula millones de diamantes y que bien podría ser un escaparate del Palacio de los Palacios.

Todo al mismo tiempo en todas partes. Y la gente responde: empieza a caminar más rápido, con una postura agresiva, escaneando las obras de arriba hacia abajo sin pasar más de tres segundos frente a ellas. 

De hecho, sólo aquellas sobre animales ex-vivos y alguna que otra con movimiento generan atención real. Las demás, por su carácter tan aparentemente cotidiano, son testigos del desprecio de la audiencia.

Tik Tok en la vida real.

En la segunda sala se repite la dinámica. La gente se mueve en el espacio cada vez más rápido. Se hacen pequeños tumultos en algunas piezas. Hay fascinación, confusión y hasta asco. 

Ahora son los ceniceros gigantes los que que ganan la carrera de la atención. La continuación de la serie Natural History de Hirst no tiene el mismo éxito que el tiburón porque ahora se trata de una vaca y ver a la vaca abierta exactamente por la mitad nos recuerda que apenas el domingo pasado nos comimos esa misma “pancita” en un caldo picoso y colorado. 

Sus ojos abiertos y esa lengua salida nos hacen sentir culpables.

Y entonces, un paréntesis para sí retomar el eje discursivo en la obra de Damien Hirst: la vida y la muerte, la convivencia con el caos, los destinos inevitables… El respeto equitativo por las sensaciones satisfactorias y las incómodas.

La crítica a nuestro especismo no es el único señalamiento que hace Hirst y tampoco el único que ignoramos: arriba, en la sala que abre el recorrido, también fuimos indiferentes a las reflexiones sobre la salud mental, el consumismo desmedido, a nuestra priorización de la estética por encima de la empatía y a nuestro rechazo por lo simple.

Hacia la última parte del recorrido, vemos la faceta plástica más tradicional de Hirst, enfocada en la pintura y la escultura.

Hay menos piezas que en las primeras salas. La mayoría, caracterizadas por su naturaleza grotesca e intimidante que acentúan la imperfección de los humanos, tanto por dentro como por fuera. 

Ahora el show se lo roba el escenario: un balcón con vista al glamoroso Polanco, con todo y la postal siempre llamativa del Museo Sumoaya de fondo. 

El escándalo promovido por aquel hombre en el elevador ahora es nada entre los sonidos de los coches que van de un lado a otro en esta zona de la ciudad. 

Independientemente de lo relevante que es tener una exposición de este calibre de un artista como Damien Hirst, Vivir Para Siempre (Por Un Momento) es una analogía del apocalipsis que hemos decidido ignorar para que nuestra propia destrucción sea menos hostil.

Tras darnos cuenta que nuestro final no será vía aquel cataclismo absoluto de corte hollywoodense sino a través de una agonía prolongada en el despojo de lo más elemental, cualquier cosa es placebo.

Y esto no es una diatriba contra las fotos ni contra la hiper estimulación que nos ha quitado nuestra capacidad de atención… Esto, es un llamado de emergencia.

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Richard Serra, el minimalista del acero a gran escala

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El artista estadounidense Richard Serra, quien pasará a la eternidad gracias a sus enormes esculturas de acero recubiertas con una fina pátina de óxido que decoraban paisajes y dominaban galerías de gran tamaño en los mejores museos alrededor del mundo, falleció a los 85 años de edad.

El artista murió en su casa en Long Island, Nueva York, de neumonía. Nacido en San Francisco en 1938, Serra creció visitando astilleros marinos donde trabajaba su padre y también trabajó en acerías para durante su juventud, en donde estuvo expuesto a materiales como el acero industrial laminado en frío cuando era niño también antes de llegar al mundo del arte, fue en ese momento de su vida en donde vició marcado por uno de sus de sus pensamientos “sobre cómo un objeto tan pesado podía volverse ligero, y que ese tonelaje podía volverse lírico”.

A pesar de la gran escala de sus obras, artísticamente se le consideraba un minimalista, dejando que las dimensiones de su arte en relación con el espectador, en lugar de imágenes elaboradas, expresaran su punto. Dando paso para una reflexión por parte del observador.

Después de estudiar en la Universidad de California, Berkeley y la Universidad de Yale, se mudó a Nueva York en 1966, donde comenzó a crear arte a partir de materiales industriales como el metal, la fibra de vidrio y el caucho. Lo cual lo distinguía de los demás artistas de la época.

Con el paso del tiempo las obras más célebres del gran Richard Serra tenían mucha influencia y guiños a los templos antiguos y tumbas egipcias y también se nutría de los distintos pasajes místicos y de historias como la de Stonehenge, un monumento megalítico tipo crómlech con piedras acomodadas específicamente con un culto al misterio. Enfocándose así en las distorsiones del espacio creadas por sus paredes inclinadas, curvas o circulares y la franqueza de sus materiales lo cual hizo que definiera su propio estilo.

Su arte revolucionó la escultura, trabajando a fondo en una cierta especie de geometría experimental fluida y circular en movimiento, La “percepción peripatética” como Serra solía llamarle.

Richard Serra fue un escultor revolucionario, trabajando siempre al límite y creando gigantescas obras de acero a escalas de alto impacto que le valieron el galardón de ser el “mejor escultor vivo” en su momento.

Su maravilloso legado reposa en importantes colecciones de todo el mundo, incluido el Guggenheim Bilbao, donde la tortuosa obra de 1,034 toneladas ‘La materia del Tiempo’ (2005) ocupa la principal sala. También se han encargado y creado otras piezas para espacios al aire libre, como el desierto de Dukhan en Qatar, y también plazas en Londres y Nueva York, y en la cima de una montaña artificial de desechos mineros en Essen, en el centro de Alemania, entre muchos otros lugares, pero estos serían de los más representativos.

A lo largo de su vida Serra fue reconocido por su contribución a las artes con los principales premios de los gobiernos de Japón, Francia, Alemania y Estados Unidos. Y la influencia que dejó gracias a su trabajo significa que es poco probable que sea olvidado. Como lo expresó el propio artista:

“Si haces alguna contribución, es muy, muy difícil predecir, en términos de perpetuidad, qué durará y qué no. Digamos simplemente que este tipo de trabajo significa que existe una posibilidad.”

Algunas de sus grandes obras fueron:

Para levantar a Richard Serra de 1967

Objeto de una tonelada (Castillo de naipes) de 1969

Sin título (dibujo a rodillo de 14 partes) de 1973

Ningún patriotismo obligatorio de 1989

Masa elevacional de 2006

Bramme para el distrito del Ruhr de 1998

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Arte

Annie Leibovitz ingresa en la prestigiosa Académie des Beaux-Arts de París

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La fotógrafa estadounidense Annie Leibovitz, quién fuera la primera mujer en exponer su obra en la Galería Nacional de Retratos de Washington D.C. y la última en retratar al músico John Lennon antes de que fuera asesinado, fue premiada recientemente al ingresar en la prestigiosa Académie des Beaux-Arts de París. Este honor fue obtenido por la artista debido a su destacada contribución al mundo del arte visual y la fotografía contemporánea.

Cabe destacar que la Académie des Beaux-Arts de París, fue edificada en el año de 1816, siendo el hogar de muchos de los artistas más influyentes de la historia, como pintores, músicos y por supuesto cineastas de renombre mundial.

Arte & Elegancia

La Cúpula del Palacio del Instituto de Francia fue la sede de este prestigioso evento, en donde se celebraron y reconocieron todo los logros de Anna Lou, nombre por el que también es conocida. Lou se presentó con un elegante vestuario de diseñador hecho por el reconocido Nicolas Ghesquiére para Louis Vuitton, mientras recibía la espada de manos de la prestigiosa editora de moda Anna Wintour.

Durante el discurso de Leibovitz, la artista destacó la importancia acerca de como la fotografía esté representada en un espacio tan venerada junto a otras formas de expresión artística, definiendo este discurso y ceremonia como un momento histórico.

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