From The Mag: Ernesto Ríos, el laberinto críptico

// Por: Diovanny Garfias

Mie 3 Mayo, 2017

Su formación académica abarca un largo transitar a través de diferentes disciplinas, mismas que convergen en un espíritu de investigación interdisciplinaria y es ahí, en ese momento de iluminación, que el genio del artista aparece para sumarse a la ecuación y entregarnos su obra, difícil de definir entre fotografía, escultura, obras interactivas, video, sonido, escritura y pintura pero interpretada como una reconfiguración de la realidad a través de sus ojos (con connotaciones espacio temporales implícitas). Para el creador las cosas son más sencillas al explicarse como «un artista visual que experimenta con la imagen, con diferentes materiales, trabajando sobre conceptos diversos desarrollados con los años.»

El artífice antes mencionado es el mexicano Ernesto Ríos, cuyo currículum ostenta un grado de Doctor en Filosofía con especialidad en Artes Visuales y Multimedia por la Universidad Universidad Royal Melbourne Institute of Technology en Australia y una Maestría en Telecomunicaciones Interactivas, con especialidad en Multimedia, por la Universidad de Nueva York, si a esto sumamos el paso de su obra por países como Cuba, Australia, Estados Unidos, Inglaterra, España, Brasil y Francia es difícil imaginar que el oriundo de Cuernavaca, Morelos, se haga un espacio para decodificar Code Of The Forest, su más reciente trabajo. Más difícil de entender es que nos cite en su estudio, a unos días de inaugurar su exposición en el Centro Roberto Garza Sada de la UDEM, en Monterrey, para después volver a la Ciudad de México, a la Galería Sismo, para ser exactos.

Al menos una decena de personas entran y salen a la vez que desarrollan diversas labores relacionadas con las piezas de Ríos, en medio de la algarabía provocada por la presentación de los nuevos vástagos. Ante el ofrecimiento de una cerveza (oscura) se rompe el hielo y, así, comenzamos a saciar nuestra curiosidad.

Lo primero que salta a mi mente es la forma en que ha logrado compaginar su vida académica con su prolífica carrera como creador; para él todo va de la mano, sin coincidencias: «Inicialmente estudié Lengua y Literatura Hispánica como una especie de complemento a mi formación como artista visual, porque creo que enriquece mis creencias a nivel visual pero toda mi vida me he formado en paralelo con la imagen. Estudié fotografía —vengo de una familia de fotógrafos— y el dibujo y la pintura siempre han sido parte de mi formación y de la manera en que me comunico.»

– Sin embargo, parece que siempre hay mucho más detrás de cada desarrollo, incluso cuando no salta a primera vista…

«No sólo se trata de desarrollar la pieza, hay una parte muy importante de investigación histórica, conceptual, filosófica, arquitectónica, estética. Así he creado una obra que se nutre de aspectos interdisciplinarios, de la filosofía, la poesía, la música, todo se entrelaza con lo que hago.»

– ¿Has intentado hacerlo de manera simplificada?

«No me visualizo creando sin tener esta reflexión paralela de historia, mitología, filosofía, arquitectura, matemáticas, esta especie de simbiosis de lo académico y la producción. No es sencillo, tengo periodos de investigación y otros dedicados a la producción; durante el doctorado era un requisito producir y al mismo tiempo investigar, como dos espejos que se encuentran, que se extienden hasta el infinito.»

– ¿Es difícil trabajar como artista visual bajo una rigidez casi académica y en un ambiente de investigación, en una época en la que parece que el arte va en dirección opuesta?

«Es un reto. Las artes visuales, sobre todo el arte contemporáneo, se ayudan de la improvisación y de la falta de rigor académico. Creo que hay mucha exploración banal, de moda, trabajar a partir del ready made y fórmulas bastante “fáciles”, sin una reflexión que posibilite un cambio en cualquier área del conocimiento.

A veces, los artistas visuales navegan por esta vía, ahora está de moda poner un objeto sin haberlo intervenido (como desde hace décadas) pero siento que falta un rigor académico, disciplina, oficio, cosas que se han ido perdiendo. En este sentido, estoy interesado en la exploración, en ocasiones casi científica, de la producción.»

– Partiendo de lo anterior, háblanos de Code Of The Forest. ¿Qué hay detrás de estas pinturas de gran formato y las estructuras con cerillos?

«Mis pinturas en gran formato son constelaciones, y cada letra es en sí una estrella. Hay planetas y utilizo códigos y números, símbolos y letras que se entrelazan y forman un lenguaje relacionado con lo que vivimos hoy en día, con la tecnología, las redes sociales, los virus electrónicos y el lenguaje binario. Todo eso lo plasmo como un reflejo de lo que me parece somos como sociedad.

«La serie de los cerillos surgió hace aproximadamente 27 años, de manera muy natural, fui acumulándolos al cocinar (prendía la estufa y dejaba el cerillo a un lado) y cuando tuve una cantidad importante pensé en jugar con ellos, generar geometrías. Empecé con figuras muy simples hasta llegar a un dodecaedro, los roté milimétricamente en espiral helicoidal y se convirtió en una especie de meditación geométrica. Así fue sintetizando estas capas de tiempo, tratando de construir un ritmo. Como decía Octavio Paz: “La arquitectura es música congelada”.»

– Ahora que tocas el tema de la rotación, las espirales y los laberintos, parece haber una constante en tu obra…

«Uno de los temas que más trabajo es el del laberinto, el arquetipo universal, un tema que se ha desarrollado desde hace más de cinco mil años, con muchas capas de historia. Para trabajar el tema como artista visual debes tener muy claro en qué parte del tiempo estás, preguntarte: ¿cómo un artista visual contemporáneo puede aportar su grano de arena desde una perspectiva particular?»

– Ernesto, eres un artista mexicano que ha tenido la oportunidad de presentar y ser reconocido por su trabajo en otros países. ¿Crees que tu obra refleja el momento de efervescencia nacional que vivimos?

«Mi trabajo no es un panfleto político, me gusta abordar temas más amplios, se trata de tocar emocionalmente lo mismo a un asiático que a un europeo, hablar de temas universales. Code Of The Forest, por ejemplo, tiene que ver con el cosmos, con constelaciones, con estructuras tipo ADN y creo que es un tema que va más allá de lo local y lo nacional. Trabajo mucho con lo monocromático y creo que eso permite un acercamiento con cualquier individuo. La arroba es un símbolo que nos unifica y que es parte de nuestro lenguaje cotidiano.

«Lo que sí creo es que lo que se haga en México debe estar hecho con pasión, poniendo el corazón en todo, con una calidad extrema que pueda ser vista y admirada en cualquier parte del mundo. Mientras hagamos eso ya estamos generando una revolución que va más allá de cualquier estereotipo.»

– Para terminar, me gustaría saber cómo alternas una disciplina como la fotografía, en la que plasmas un pedazo de realidad, con tu obra visual interpretativa, ¿dónde se encuentra la convergencia entre ambas?

«La fotografía parte de una realidad preestablecida y lo que haces es “registrarla”, pero de- pende del ángulo que escojas, de la iluminación, del lente, la cámara, la exposición; partes de lo que ves y lo interpretas. En el caso de la pintura es aún más personal, pues inicias casi de cero, de una superficie en blanco para conformar un universo y un diálogo entre tú y el espectador, quien se presta para una introspección muy profunda de lo que realmente quieres transmitir. Luego viene la parte de cómo lo quieres mostrar. En ese sentido pienso en la obra de Umberto Eco, quien tiene un ensayo que se llama Opera Aperta en el que habla del papel del lector o del espectador que complementa la obra; es decir, su tarea es terminarla. Por eso juego mucho con los espacios vacíos. En los cuadros se pueden ver líneas en las que voy jugando con un lenguaje críptico, puedes descifrar ritmos, palabras ocultas, se convierte en una invitación a participar.»