TIOM: ‘(En) El Séptimo Día’ (1990) – Soda Stereo

// Por: Staff

Sab 20 junio, 2015

Por: Juan Manuel Pairone

“Es la canción que abre los 90”, se escuchó en medio de un viaje nocturno en taxi que tenía a Soda Stereo como tema de conversación. Y más allá del dato fáctico –es la apertura de “Canción Animal” (1990), álbum que marca el cambio de década y de sonido en la trayectoria de la banda–, la sentencia no parece apresurada. ‘(En) El Séptimo Día’ no solo es uno de los mayores hits del legendario trío argentino, también es una muestra de su grandeza compositiva y de su capacidad para combinar climas festivos con desafíos musicales. Una forma inmejorable de iniciar una evidente nueva etapa dejando en claro que la ambición no es algo para negociar.

La canción arranca con un patrón rítmico irregular (7/8) matizado por un beat programado que se encarga de mantener camuflada la extrañeza. El riff de guitarra recupera las raíces rockeras del Cerati adolescente, anticipa la llamada etapa sónica del grupo y desnuda en su totalidad la complejidad de la canción. Pero también funciona como una declaración de principios. Una suerte de “podemos hacer lo que querramos, nuestras canciones seguirán atravesando fronteras suene lo que suene”. “En el comienzo fue un big-bang y fue caliente”, dispara la letra; y además de ofrecer una hipótesis autorreferencial de la canción como una introducción a esa nueva era musical, deja al descubierto el estatus antológico asumido por Soda Stereo ya a esa altura de su carrera. Entre referencias biblícas y una sexualidad casi explícita, la música se encarga de ser todo al mismo tiempo: experimentación, actitud, juego con la percepción del oyente, elegancia pop, voltaje rockero. Como si la sabiduría y el placer fueron los ingredientes fundamentales de un producto adictivo e interesante en igual medida, los aplausos que simulan (e incitan) la respuesta del público conviven con la versión más sofisticada del sonido vivo y vertebrado de Cerati, Bosio y Alberti. El trío navega naturalmente (con soltura y carisma) por una música que parece renga y muestra sus ganas de explotar, pero juega su mejor carta en el momento preciso: un estribillo que llega casi a la mitad de la pieza, y llega como un orgasmo que baña a la canción con un manto de épica. Después de eso, la banda se dedica a pasear su groove y su estilo tan sofisticado como radiable, con sabor funk y conciencia pop. Pese a que se escucha un atisbo de duda (“En este tiempo anfibio temo perderte / por volar, por volar”), la confianza es absoluta. Ni siquiera hace falta terminar la canción. La música se desvanece poco a poco y, una vez más, lo aplausos (¿premonitorios, inconcientes?) pasan por encima de cualquier huella de virtuosismo y arrogancia. Lo que queda es el silencio y la expectativa. El mito ya está construido: acabamos de escuchar a una banda todopoderosa, capaz de construir su propio canon de música pop más allá de cualquier receta de éxito preestablecido.